Capítulo 4.

El sueño de Arestes fue intranquilo y Helena lo notó. Pero no le despertó mientras no llegara el momento. Los parajes que atravesaban no eran para ser contemplados por alguien de allá abajo que estuviera en vela. Helena pensó cómo decirle a Arestes lo que tenía que decirle. Por primera vez en su larga vida los acontecimientos la desbordaban, y temía que se le fuera de las manos.


Llegó al clan danés de Jarkjeerl hace ya mucho, mucho tiempo, pero ella lo recordaba como si fuera ayer. Por entonces se felicitó a sí misma por haber acertado el lugar y el momento idóneos para empezar su labor. Por capricho y comodidad, inspiró a sus padres para que le pusieran un nombre que fonéticamente coincidiera con el suyo. Entre tantos y tantos millones de seres humanos, no temía que nadie de ambos lejanos reinos, el de su señora y el de su rival, pusieran trabas en el devenir de su misión. Los enviados de ambas cortes encargados de muchos de los politeísmos que adoraban algunas tribus dominantes ejercieron bien su función, pero en el momento de visitarles, antes de entrar ella a cumplir con su parte, estaban ya muy viejos, cansados y decadentes. Les quedaba poco tiempo para que desaparecieran y volvieran a sus lugares de origen, las cortes de ambas Sumayas Daidelares, reinas supremas y absolutas de su tierra. Las simientes culturales que venían sembrando desde la prehistoria, facilitado luego gracias al desarrollo de la escritura, ya estaban echando raíces en las leyendas de las tribus que les eran devotas. Mucho tiempo después, y antes de que la nuevas y extrañas fes monoteístas que se extendían desde Oriente Medio llegaran lentas pero incontenibles para despojar dichas simientes de toda credibilidad religiosa, quedando sólo las distintas vertientes mitológicas, éstas ya se propagaban por todos los continentes. A veces, incluso colisionando entre sí. Entonces ya sería cuestión de tiempo y de muchos viajes el que ella diera con la comunidad ideal.

Pero pasó el tiempo, y el recuerdo de su misión se iba desfigurando. Experimentaba el espeso sabor del libre albedrío, pero no olvidaba cuánto dependía del éxito de su misión. A medida que iba conociendo a los seres humanos, su labor perdía facilidad. La inmensa mayoría eran dignos descendientes de su antepasado, y como tales, su devenir estaba siempre plagado de hechos cuyos orígenes se veía incapaz de controlar. Cuando ya creía tener elegido el grupo social que ella juzgaba más apto y mediada la estrategia para integrarse en él, algo con lo que no contaba venía a desbaratar sus planes: una invasión, una guerra, revueltas populares que desembocaban en revoluciones, hambrunas, plagas, migraciones masivas, descubrimientos e inventos ingeniosos que agitaban los cimientos de la sociedad en la que vivía...

El hombre era imprevisible, y ella lo sabía bien. Pero como todo ser gregario, seguía unas pautas básicas de comportamiento. Sacó sus conclusiones, y actuaba siempre desde la sombra para favorecer sus intereses. Aún así, tuvo que pasar mucho tiempo antes de decidirse por las gentes que poblaban unas latitudes calurosas del sur de Europa, en una península inmensa del trópico, bañado por dos mares muy diferentes, cuya cultura y costumbres le impulsaron a rechazarla, pero rectificó tras haber fracasado con las etnias más septentrionales del continente europeo. Y allá se encontraba desde hace mucho tiempo, conservando siempre los rasgos nórdicos heredados de sus padres terrenales, Ferolei Sagssen y Alejra, ambos príncipes del clan de Jarkjeerl, porque ello le ayudaba mucho. Incluso conservaba su nombre, Aalinie, fonéticamente modificado por los acentos nativos y el paso del tiempo. Destacaban su apariencia casi albina y su flema entre las pieles y cabelleras tostadas y ojos oscuros, y espíritus apasionados, corteses, alegres y combativos en su estrepitosa mayoría, capaces de grandes aberraciones, pero también de las mayores heroicidades. La violencia adictiva berseker con que se topaba constantemente por las comunidades nórdicas, rasgo cultural que ella rechazaba, proveniente sobre todo de migraciones celtas y godas, se diluían en esta cultura ancestral, y eso le facilitaba mucho la elección. La tendencia lógica era buscar más al sur o al este, pero tras viajar por dichas latitudes y conocer el carácter de sus habitantes, concluyó que aquél era el pueblo que estaba buscando, surgido de la mezcla de tantas tribus en continuos oleajes conquistadores o migratorios, así que volvió atrás y se quedó a vivir entre ellos. Si se alejaba demasiado de sus fríos dominios, el sujeto, por afinidad, podría caer fácilmente en las manos de la eterna rival de su daidelar. Cuando estuvo segura de que aquél era el pueblo elegido, hizo llegar la señal convenida a su reina para sugerirle que mandara ya la preciosa alma, la esencia del futuro salvador, guiándola a su destino.

Pero una imprevista y molesta tormenta en el vacío le hizo perder la pista durante el camino. Sólo sabía que había nacido en un territorio muy delimitado, más o menos una provincia, Zaragoza, además del día y la hora. Como no estaba en su ánimo confesar a su señora el fallo, habían demasiadas cosas en juego y disponía de mucho tiempo para encontrarlo, allá se fue a vivir.

Bajó la vista. Creyó haber elegido bien. En aquel loco discobar que parecía bajo la catártica influencia de la rival de su daidelar, tras trabar conocimiento con él, se aseguró de que disponía del talento necesario, se dejó seducir y enseguida empezó a instruirlo para su futura misión. Esperaba encontrarse con mucha reticencia, desinterés e indisciplina, pero no sólo no fue así, sino que mostraba mucho entusiasmo por aprender todo lo que tenía que enseñarle. No tuvo que reprimir su vasta memoria histórica. Sin embargo, tuvo que posponer muchos aspectos de su preparación, por su claro significado ritual.

Pese a la intención de anular en su fuero interno todo afecto por él, no reprimió una caricia en su frente. Aquel hombre era distinto a todos cuantos había conocido. Su interés por las costumbres de los antepasados, su torpe cultura llena de carencias e interpretaciones erróneas, su sinceridad de intenciones, y su corazón abierto y apasionado y brazo fuerte calaban en ella más de lo que hubiera permitido antes de conocerlo. Su procedencia y longevidad ocultas le habían dado los apoyos precisos para su peculiar carpe diem, carente de remordimientos, pero algo en el fondo de sí misma se removía cuando pensaba lo que les deparaba el futuro.

Miró por la ventanilla para cerciorarse del momento, y musitó:

-Ares, despierta.

Arestes movió la cabeza entre runruneos. Abrió los ojos y se enderezó, bostezando con estirones en sus miembros. Boqueó despacio mientras se restregaba los ojos y la cara.

-Escúchame, Ares... Tengo que decirte algunas cosas...

Se interrumpió y guardó silencio, respetando la iniciativa del joven, que se levantó con torpeza, se estiró otra vez y miró por la ventanilla. Sólo vio densos nubarrones. A través de éstas, se vislumbraban las siluetas de las gigantescas águilas, rodeando la carroza en todas direcciones. Se cruzaban entre sí, animadas por los alegres gritos de los jinetes. De vez en cuando, un hueco hacia abajo mostraba la gran altura a la que volaban. Allá al fondo sólo se veían manchas oscuras veteadas de blanco.

-¿Dónde estamos?

-Camino de Hred, la residencia de mi señora.

-¿Camino de... Hred, has dicho? -ella afirmó con la cabeza. - ¿la residencia de tu señora...? ¿quién es tu señora?

-Mi señora es Sumaya Daidelar Hredda, dueña de Aesgardellir... Pronto estarás ante su presencia... Te ruego que te comportes y que seas respetuoso, cortés y atento... Mi señora nos habla a todos no sólo con la voz, sino también con otras señas, a veces muy sutiles...

Arestes dudó unos instantes, rebuscando en su memoria.

-”Sumaya Daidelar Hredda”... Los dos primeros nombres no los he oído nunca, pero el tercer nombre, “Hredda”, me suena de algo... Lo he leído en alguna parte... Ya recuerdo –chasqueó los dedos. -En uno de los libros que me dejaste, un cuento titulado “La llama de Eilig Vandar”… Hredda era una especie de... diosa de las nieves, dueña de bastos poderes y reina de un gran imperio, ¿no? -Ante la afirmación de ella, Ares continuó: -¿Estás diciéndome que ese personaje de leyenda existe...?

Helena asintió otra vez.

-”Sumaya Daidelar” es el tratamiento. No he encontrado palabras adecuadas en tu idioma para traducirlo, así que he decidido dejarlo como está. Viene a significar algo que aglutina “Majestad, emperatriz y eterna divinidad”...

-Ah… Y ¿me vas a llevar ante ella?

-Al poco de llegar.

-Bueno... Imagino que... -Ares bostezó, incontenible. Se llevó la mano a la boca. -Discúlpame, pero aún tengo sueño... No lo puedo evitar. Ha sido una siesta tan profunda que... No sé qué me pasa, pero me siento como si hubiera dormido dos o tres días y... Y nada más despertar, me comunicas algo que al parecer es muy importante, casi vital por lo que...

Se quedó quieto y abrió los ojos, asombrado. Se acarició las mejillas.

-Qué extraño... Cuando salí de casa, me acababa de afeitar... Ahora llevo barba de varios días... ¿cuánto tiempo he dormido?

Ella bajó los ojos.

-Seis días.

-¿Seis días...? ¿y cómo lo has hecho? ¿con qué me has dormido? No he tomado nada... Y, ahora que caigo, tengo mucha hambre y mucha sed... y... y ganas de... -miró alrededor. Al no ver lo que buscaba, aguantó, y descubrió que le era más fácil de lo que parecía. -Y mi familia... ¿qué ha sido de mi familia, amigos, trabajo...? Y, lo más importante... ¿porqué lo has hecho...? ¿qué quiere de mí esa... Daidelar Imperial...?

Arestes sintió que se ahogaba en aquel sitio. Estaba mareado y con náuseas. Entre pregunta y pregunta no daba tiempo a Helena a responder, que levantó los ojos muy despacio. En ellos, Arestes vio por segunda vez un brillo diferente. El río de intenso caudal azul que emanaba de ellos invitaba a la calma y la serenidad.

Helena invitó a Arestes a sentarse otra vez a su lado. Le tomó la mano.

-Hace algún tiempo me dijiste que soñabas con visitar los fiordos de Noruega, las verdes praderas y los cielos grises de Islandia, las cabañas de madera de Finlandia, las extensas tundras siberianas, el helado continente de la Antártida y muchas otras cosas así... El ambiente y la cultura del frío te atraían como una polilla a la luz... Visitabas constantemente la alta montaña, pero no por interés deportivo, ni por la naturaleza, sino porque sentías que aquél era tu ambiente. Te encontrabas más a gusto entre montañas y bosques, pese a la dureza de la vida allí, que entre edificios de hormigón y acero, y árboles aislados en parques y jardines domeñados... Ahora puedes ir y ver lugares, países, gentes... no sólo del frío, sino también calurosos... que nunca antes has visto.

Arestes afirmó con la cabeza, pero no abrió la boca. Helena continuó.

-Esos caballos alados, y esas águilas que a ti te parecen gigantescas, y este carro que vuela por medios incomprensibles para ti... Todos los seres de cuya existencia sólo tienes leves referencias... Allá donde vamos todo esto es tan normal, como en tu entorno son los coches, el teléfono, el ordenador... cosas que en nuestro destino causarían curiosidad y hasta asombro...

Hizo una larga pausa. Se acomodó mejor en su sitio.

-Mi verdadero nombre es Halaine, deinilar Halaine Altariemalen, del linaje imperial de Altarie. Soy una deinilar, una princesa, de Aesgardellir, y fui enviada por Sumayas Daidelares Hredda y Hrella para elegir al que sería nuestro guerrero y llevarlo ante sus augustas presencias. Alguien fuerte, luchador, que no le tuviera miedo a nada, capaz de sobrevivir en ambientes de pesadilla, en los que ningún otro ser de los reinos de Sumayas Daidelares sobreviviría...

-¿Un guerrero...? ¿luchar? -se asombró Ares cada vez más. -¿Qué clase de lucha? Sé algo de artes marciales, cierto, pero a un nivel muy básico... No creo que pueda medirme con cualquiera de esos... de esos jinetes de águilas que vuelan ahí fuera.

-No se trata sólo de ataque y defensa, que también, sino de... -la princesa dudó - ...de fortaleza mental, de imaginación, de fuerza interior para resistir embates que a mis escoltas llevarían a la locura... a mis escoltas, a mí misma, y a cualquier otro ser de ambos reinos...

Arestes intentó reflexionar. Apoyó los codos en ambas rodillas y se masajeó las sienes.

-Si tras verte a ti manejar un huracán, hacer que nieva ó que aparezca el sol, que todavía no me explico cómo lo has hecho, y dices ser una princesa, ambas Sumayas Daidelares deben de ser... -hizo un gesto amplio con ambas manos -tan superpoderosas como parece en los cuentos que me has prestado, o algo así ¿no...? Entonces ¿porqué no lo hacen ellas...?

-Sólo debo mi lealtad a Sumaya Daidelar Hredda, pero para esta misión, estoy al servicio de las dos Daidelares, ya que el objetivo es común... Cierto, ambas dominan bastos imperios, mandan surtidos ejércitos, poseen riquezas incalculables, gobiernan la tierra, el agua, el aire, el fuego, la magia, pero, aún con todo, tienen limitaciones...

-¿Qué limitaciones?

-El enemigo las estudió muy detenidamente en la sombra, y se ha hecho con dos objetos que son vitales no sólo para ellas, sino para Aesfelheim y para Midgadellir, que es donde está tu... tu ciudad, tu país, la sociedad en cuyo seno has nacido y te has criado. Así que la batalla también te concierne a ti. Esos objetos son los cetros de ambas Daidelares, que fueron robados por artimañas traicioneras, para caer en el poder del enemigo. Tu misión será recuperar esos dos cetros y devolverlos a sus legítimas dueñas.

-¿Qué es Aesfelheim? Sé que Midgadellir es la Midgard de las mitologías nórdicas, la tierra...

-Aesfelheim es donde están Aesgadellir, dominio de Hredda, y Niffeldellir, dominio de Hrella. En la mitología de Saimir, Aesgadellir es conocido como Asgard, la tierra de los dioses Ases, y Niffeldellir, como Niffelheim, la tierra de los muertos.

Arestes asintió con la cabeza.

-Conozco ese libro, sí... Todavía no he entendido porqué yo... De hecho todavía no me hago a la idea de que esto está sucediendo, de que es un sueño vívido y que me voy a despertar de un momento a otro en mi cama...

-No es un sueño. Por eso te he despertado antes de que llegáramos... Para que el cambio que vas a experimentar sea lo menos traumático para ti, porque lo será, y mucho... Deberías haber nacido otra vez, y tener tu mente en blanco, libre de la educación que recibiste, tal será la dureza del contraste que sufrirás... que ya estás empezando a experimentar. Pero, dentro del caos que será tu mente, Ares, cariño, quiero que sepas que yo estoy contigo. Tendrás mi ayuda para asimilar todo cuanto desees y necesites de las civilizaciones en que vas a adentrarte. Te ayudaré en todo lo que pueda, que espero sea suficiente, gracias a mi condición y mi rango. De hecho, desde que te conocí, te he estado preparando para todo esto, en la medida de lo posible, sin forzar las cosas... Te he enseñado algunas costumbres, modos de comportamiento... También te he dado a conocer algunas historias de mis tierras, pueblos que los habitan, razas de animales y de vegetales...

Arestes miró de hito en hito a Helena.

-¿Cuándo me has enseñado tú todo eso?

-Cuando me preguntabas en mi casa para qué servía cada cosa que veías, y que yo te explicaba con todo lujo de detalles. Pinturas, grabados, historias y leyendas que yo te contaba de mis supuestos antepasados, libros que te prestaba sobre costumbres, utensilios, seres que pueblan ambos reinos...

-¿Libros...? -Arestes se extrañó -¿me estás diciendo que todos esos libros que me has pasado cuentan cosas verídicas?

-Sí. Jamás te he dicho lo contrario.

-Dios mío... -el joven sintió un mareo que le obligó a sentarse enfrente a ella y poner las manos en las sienes. -Yo... yo creía que eran simples cuentos de fantasía, muy elaborada y con gran riqueza de detalles, eso sí, pero que leía para pasar el rato, no como algo que tenía que aprender...

-Lo sé... No me atrevía a confesarte el verdadero propósito de todo aquello, porque te echarías atrás, me tacharías de loca y visionaria por afirmar que, por ejemplo, en mi tierra existe la magia y todo lo que viene tras ella, los magos, brujos, demonios, hadas, gigantes, enanos...

-Entonces, ¿también existe, o existió, el reino de la forja subterránea y sus pobladores, los enanos del carbón, sus mortales enemigos, los luceros de las colinas, y el protagonista, el guerrero sin señor Eilig Vandar...?

-Sí.

-Y todos los demás cuentos...

-También.

-¿También…? –se llevó las manos a las sienes, y se las masajeó por enésima vez. -¿Y por qué no me lo dijiste...? De haberlo sabido, no me lo hubiera tomado como un entretenimiento, sino que me los hubiera leído con más atención...

-¿Qué pensarías tú si te afirmara que existen los dragones, los silegvanires, sirobes, enanos negros, zafranadas, sagarias, aeritos, dalitses y tantos y tantos seres que tú consideras fantásticos...?

-Vale...¡vale, está bien, de acuerdo! Pero… ¿de verdad existió esa maldición de Torja sobre Hravbar, y la saga de Hader, y los enanos hermanos de Ivar el Magnífico, y el linaje de Hrallén y...? Por mencionar algunas historias que he leído y que recuerdo ahora... -Helena asintió con la cabeza. -¿Y también la historia del poblado de Erling, que es una de las que más me gustaron...?

-Así es. Todas esas historias las traduje lo más fielmente posible, salvando muchos escollos y adaptándolos a tu lengua, para que tuvieras un mínimo de idea del sitio donde te llevo. Las mandé imprimir en varios libros, pero no permití que sacaran tiradas. Los únicos ejemplares son los que tengo yo en casa, los que has leído tú.

- Ya decía yo que ni siquiera aparece la editorial, y que por eso no encontraba libros así en ninguna librería, ni común ni especializada ni por catálogo... Tienen pinta de ser bastante viejos y usados, su gramática era bastante difícil de tragar, por lo antigua. Deben haber pasado por muchas manos... Por cierto, ahora que caigo... –fruncí el entrecejo -en una de esas historias, creo recordar que se titula “Los hijos de Regner”, se menciona una diosa poderosa, benévola, la reverenda maga Upsala, que me llamó la atención por su descripción... Su atuendo era muy parecido al que llevas tú ahora.

-Upsala era yo.

Arestes se encaró hacia ella, maravillado.

-¿Eras tú...? ¿de verdad eras tú?

-Sí. Es uno de los nombres con los que me manifestaba ante los súbditos de mi señora.

-Pues... pues vaya, sí que es toda una sorpresa... Venías de parte de... Audumla, creo recordar... Lo sé porque ése era el nombre que aparece en la mitología nórdica de Saimir como la vaca que salió de los hielos, y amamantó a los primeros ases...

La conversación giró en torno a más detalles, cuentos, anécdotas, geografía, culturas, razas, costumbres, jerarquías, etc. del destino. Todos enumerados de forma somera y caótica, según como discurría Arestes. Halaine intentaba llevar un orden cronológico, pero acabó aceptando el confuso orden de conocimientos que demandaba el joven. Después de todo, no era mal método para instruirlo en tan poco tiempo.

-Ya llegamos -comentó Helena de repente.

Arestes miró por el ventanuco. Era la primera vez que volaban casi a ras de las nubes, y podía ver un cielo azul, limpio, con el inmenso disco estelar acercándose a su ocaso. Pero no distinguió ningún accidente terrenal sobresaliendo de la capa nubosa. Abarcando lo más posible la perspectiva en la dirección del viaje, divisó allá lejos, entre retazos neblinosos, una construcción que se adivinaba colosal incluso desde aquella distancia. Pudo apreciar la solidez y blancura de las murallas almenadas y las altas torres, igualmente blancas, que sobresalían muy por encima de aquéllas. Los suaves vaivenes del carruaje no disminuían su cadencia.

-Así que aquello es Hred, la residencia de Hredda...

-Sí, pero entraremos por una poterna, que te conducirá a tus aposentos.

-Me gustaría ver por mí mismo y de cerca cómo es todo eso, por dentro y por fuera...

-Lo verás. Pero no antes de presentarte ante Sumaya Daidelar. Y para ello, deberás adecentarte, descansar, comer, beber y reponer fuerzas. Este viaje ha sido agotador para todos, sobre todo para ellos. -Y señaló a los jinetes aguileros. Tanto ellos como sus monturas daban muestras de cansancio.

A medida que se iban acercando, Arestes empezó a distinguir más y más seres revoloteando alrededor del castillo, como si de una colmena de abejas se tratara. Caballos alados como los de la reata tirando otros carruajes o montados directamente por jinetes; gigantescas rapaces blancas, grises o azules, también conducidas por sus montadores, a los que obedecían con la más mínima cabriola aérea; asientos, cestos y calesas con ruedas pequeñas, todas suspendidas de globos y tiradas por recuas de aves de los más diversos tamaños: palomas, gaviotas, cisnes, o al menos eso parecían, todos dirigidos con facilidad por sus dueños, que se afanaban por subir, bajar, girar y avanzar sin chocar entre sí. Lo que más llamó la atención de Arestes, que intentaba no perder detalle por el ventanuco, fueron unos extraños seres, también voladores, que parecían largos gusanos peludos, con inmensas crestas asomando por los cuatro costados. Las cabezas eran como las de los osos, cráneo ancho y morro saliente, cubierto de pelo lanudo, y enormes ojos verdes esmeralda. De vez en cuando alguno se cruzaba raudo delante del ventanuco y lanzaba su aliento helado, empañando el cristal.

-¿Qué son esos seres? -preguntó Arestes, apartándose de repente al acercarse uno de ellos.

-Son dragones hirgos. No son dragones propiamente dichos, no descienden del linaje dragonil, pero tienen en común con ellos su inteligencia, su fidelidad y su poderío, tanto volador como de ataque y defensa. Son muy apreciados en Aesgadellir por la alta velocidad de crucero que pueden adquirir. Se cansan muy poco, aún tirando de grandes carros flotantes, y gracias a su agilidad en vuelo, su piel acorazada por el vello y sobre todo su aliento helado, son muy difíciles de asaltar y vencer... Sólo se les puede domesticar si se capturan recién nacidos, no se reproducen en cautividad, y en estado salvaje, viven de por libre y sólo obedecen a Sumaya Daidelar Hredda. Si algún cazador logra capturar y domesticar un adulto, corriendo un gran riesgo, no sólo tendrá un amigo para el resto de su vida, que le servirá fielmente, sino que además obtendrá gran prestigio entre la corte de Sumaya Daidelar, y ésta, además, le otorgará una recompensa acorde con su valor y destreza.

El carromato descendió con amplio radio hacia un costado de la ciudadela. En el giro, voló por encima y por debajo de anchos y largos puentes, acueductos de una muchedumbre de carros, monturas y transeúntes que fluían en ambas direcciones. Dichos puentes nacían de enormes plazas flotantes dominadas por gigantescos portalones, que daban a los cuatro puntos cardinales, e iban zigzagueando hacia pequeños fuertes, de formas piramidales truncadas guardadas por torres, para perderse entre las nubes del horizonte. Los cimientos, tanto de los arcos de los puentes como del castillo, se hincaban en el abismo de las nubes.

Después de rodear lo que parecía un interminable murallón cortado a pico, el séquito entero enfiló hacia la pared. A medida que se acercaban, Arestes no descansaba su pasmo. Cientos, tal vez miles, de seres voladores zumbaban en aquél y en todos los precipicios que bordeaban aquella fantástica fortaleza. Mezcla figurada de avispones, colibríes, golondrinas, murciélagos, cisnes, palomas, halcones, todos de trayectorias aéreas veloces o estáticas, guiados por manos maestras, de tal forma que no se percibía el más mínimo incidente ni roce entre ellos. La pared a la que se dirigían estaba plagada de nichos con rebordes inferiores salientes en forma de plazoletas, donde constantemente se posaban o despegaban las criaturas aladas, ya fuera de un salto al vacío, o con carrerilla desde el interior, o directamente elevándose sin más con rápidos aleteos, colgando su carga de sus vientres...

Arestes seguía intentando no perderse detalle. Junto con los caballos alados, águilas y dragones hirgos, se unían cisnes, blancos, negros y grises, de dimensiones mayores que los que hasta entonces había visto; extraños seres, verdes o albinos, de alas membranosas, cuello estirado y flexible con cabeza redondeada y ancha donde brillaban ojos colorados y saltones, y cola articulada con una especie de aleta dorsal recorriéndola por arriba. Dichos seres eran los más arriesgados en las maniobras. Antes de desaparecer en una boca, Arestes aún se fijó fugazmente en otro ser volador, que le recordó a una gigantesca libélula, por sus alas membranosas y reticuladas.

El carruaje frenó con cierta brusquedad, entre gritos de dominio y ásperos patinazos. Al pasar de la luz a la sombra tan de repente, Arestes se sintió cegado. Halaine se puso en pie ante la puerta. Sonaron voces apresuradas y carreras. Chirridos de goznes y un posterior retumbe, junto con varios cerrojazos seguidos denotaron el cierre y aseguramiento de las hojas. Reinó la penumbra que proporcionaban altas antorchas de fuego blanco y sin humo. Se abrió la puerta y Halaine ofreció la mano a su acompañante.

-Vamos, Arestes.

El joven tomó maquinalmente su mano y bajó primero, ayudando cortésmente a Halaine a descender los escalones. Una nutrida partida de guardias, hombretones incoloros, sanguíneos y barbudos, sacados del mismo molde que los escoltas voladores, formaban un ancho pasillo, flanqueando una alfombra roja que terminaba en unas escaleras. A diferencia de aquéllos, equipados con armas y defensas ligeras, éstos portaban armaduras casi integrales, pesadas y recias, empuñaban alabardas que les sobrepasaban un tercio y de los cintos colgaban espadones en fundas labradas. De no ser por el encarnado de venillas inflamadas en las barbudas mejillas y las lentas respiraciones, se les podía tomar por estatuas.

Arestes sintió un leve vértigo al dar los primeros pasos. Una leve niebla se despedía de todo cuanto miraba, como si tuviera la vista desenfocada, pero al instante de fijarla en algo, cerca o lejos, se concentrara la definición, y todo lo de alrededor se amortiguara con un limpio vaivén. Los sonidos le llegaban con mucha resonancia, extraña y lejana, y le costara distinguir qué sonaba en cada momento. Le costó hacerse con el lugar.

Halaine se lanzó a los brazos de una pareja de ancianos, hombre y mujer, vestidos con amplios ropajes, que lloraban mansamente de alegría. Ambos vestían túnicas de tela plateada, que les llegaban a los pies. Encima llevaban capas que arrastraban por el suelo, de finas pieles blancas y perlas veteadas de colores brillantes, la de él de azul y la de ella de verde.

Pudo percibir una expectación tensa a su alrededor. No sólo de los guardias, sino también de unos personajes que aguardaban más allá. Todos le miraban de reojo, con mal contenido interés. El más bajito de los guardias le sacaba más de un palmo de altura, y los anchos hombros de algunos apenas dejaban resquicio para sus cuellos; enarbolaban las alabardas en posición de saludo, ligeramente echadas hacia adelante, haciendo que las moharras formaran un brillante techo entrecruzado. Un niño vestido con leotardos claros y chaqueta de piel gris oscuro sujetaba dos altos báculos, uno en cada mano, coronados con sendas figuras de animales fabulosos; a su lado, esperaba una niña de rasgos parecidos a los de Halaine. Ambos repartían su curiosidad entre ésta y el visitante. Halaine reparó en ella y, apartándose de los ancianos, se acuclilló y la abrazó.

A espaldas de una fila de guardias, tres hombres y dos mujeres cuchicheaban entre sí, refiriéndose a él con nerviosismo. Todos, excepto los guardias, el chico y él mismo, vestían prendas largas y amplias, y capas de piel. Halaine le hizo una seña.

-Acércate, Arestes, ven aquí. Como tú me presentaste a tu familia, yo tampoco voy a ser menos. Te presento a mis padres, Biardill Altariesson y Fiorseta Altariemal, bardazires abberos de Altarie, y a mi hermana, Idanna Altariemalen, todavía muy joven para adquirir rango y trato de linaje.

Espontáneamente, Arestes adelantó la mano, pero el anciano no correspondió.

-Ese saludo es desconocido aquí, Ares... -musitó Helena. -Acuérdate del saludo familiar...

Tras un instante de vacilación, Arestes posó la boca del puño derecho sobre sus labios, luego sobre el corazón, y retiró la mano trazando un círculo hacia abajo, inclinando un poco la cabeza. El anciano sonrió, complacido, y respondió del mismo modo. Después abrazó a Arestes. La madre hizo lo mismo. Los rostros de ambos estaban poblados de arrugas, y sus ojos eran grises, cargados con mucho tiempo. Irradiaban venerabilidad por los cuatro costados. No obstante, la expresión era lúcida y animada. Arestes se agachó para abrazar a la niña.

-¿Qué edad tiene?

Helena titubeó.

-Según el tiempo de aquí, ocho años.

-Es muy guapa. Se parece mucho a ti... pero tiene la cara más traviesa –acarició con el dorso de la mano su mejilla con una sonrisa, pasando forzosamente por alto su tensa expresión de miedo.

Arestes se incorporó. El chico de los báculos, solemne, los entregó a los ancianos. Los guardias abrieron paso al grupo de hombres y mujeres que esperaban en las sombras. El suelo resonó diáfano al copioso ritmo de sus cayados, hasta que los ecos se apagaron cuando pisaron la alfombra. Los padres de Halaine se unieron a ellos, y dejaron que su hija se inclinara profundamente ante un anciano que se destacó del grupo, muy encorvado sobre su báculo. Sin reparar en ella, habló mientras se dirigía a Arestes con intención de examinarlo. Su voz sonaba muy cascada y potente. Entablaron una conversación. Ella con tono humilde, él con acritud y frialdad. En medio de una frase, el anciano se volvió despacio y, al ver que Halaine no había cesado su reverencia, dio una orden casi a voz en grito, golpeando el suelo con el cayado. Su interlocutora se enderezó despacio y giró hacia el anciano. Se carearon brevemente; ella llevaba las de perder. Aquél se volvió de nuevo a Arestes y le observó muy detenidamente de arriba abajo; se detuvo en su cara.

El anciano guardó silencio y achicó sus ojos, acentuando más aún sus arrugas faciales. El joven sostuvo la mirada, sin temor. De repente, los iris del viejo desaparecieron, disueltos en sus grises pupilas. Sus ojos parecían perlas frías y muertas flotando entre largas canas y surcos resecos. Arestes sintió un leve ensoñamiento, en tanto que no lograba sustraerse de la atención del anciano. Se sintió como cuando estaba especialmente cansado o ensimismado; los ojos seguían viendo, pero no les hacía caso, los fijaba en un punto elegido al azar y dejaba que se fueran por sí mismos, relajados, mientras él volvía hacia dentro. Consciente de ello, tomó el control, reprimiendo un bostezo, y satisfizo su curiosidad sobre el insólito y estremecedor aspecto de aquellos ojos vacuos. Al rato, cansado, parpadeó repetidamente y meneó la cabeza en rápido y breve vaivén, para reactivar la vista. Aquello pilló por sorpresa al viejo y se echó atrás, como empujado con fuerza y desconsideración. Hubiera dado con sus huesos en el suelo de no ser por Halaine, que corrió a sujetarlo en sus brazos.

Los guardias formaron un veloz círculo en torno a Arestes, posando las puntas de las alabardas en su cuerpo. Azorado, levantó las manos en ademán pacificador. El anciano se repuso enseguida. Se volvió vivamente hacia Halaine y rechazó su apoyo, iracundo. Gritó y gesticuló durante un buen rato, golpeando el suelo con el bastón. Halaine aguantó el chaparrón sumisa, las mangas unidas en su regazo. Sin cesar de parlotear con un vigor inesperado en un cuerpo tan decrépito, emprendió el camino hacia las escaleras, seguido a distancia por el séquito, incluidos los padres de Halaine, testigos impertérritos de la escena. La madre había acogido en su seno a Idanna, aterrorizada y a punto de llorar. A medio camino, el grupo se dividió, rápido, ante el anciano que se había vuelto, y seguía gritando con furia y ritmo, señaló a ambos jóvenes con la cabeza del báculo, y se volvió otra vez, reanudando el camino. A Arestes le pareció que, en la penumbra, los ojos del viejo titilaban tenuemente.

La comitiva subió las escaleras y desapareció en el hueco de la puerta. Dos guardias, allá arriba, cerraron las hojas tras ellos, pero aún se oía la feroz diatriba, cada vez más mitigada. Halaine no se movió hasta mucho después de hacerse el silencio. Hizo un leve gesto con la mano, y los guardias volvieron a ambos lados de la alfombra, con las alabardas verticales. Arestes se acercó y abarcó con sus manos a Halaine.

-¿Qué ha pasado? ¿por qué te ha gritado de ese modo?

-Porque no te has comportado como debías.

-¿Yo? Pero... ¡si no he hecho nada!

-No has dejado que te observara para cerciorarse de que podías cumplir tu función. Me culpa de no instruirte bien en el protocolo asgeir. Aquí en Hred es fundamental saber cómo comportarse...

-No creo que sea para tanto...

Halaine sonrió, divertida.

-Imagínate estar de repente ante el monarca de tu país, y que te invite por unos días a vivir en su palacio...

-A mí me daría igual. Ya sabes lo que pienso de esa gente. Si no le gusta mi modo de comportarme, que se aguante.

-¿Aceptarías comer directamente con las manos en un banquete de invitados honorables y poderosos, que pueden hacer que desaparezcas con un leve gesto a su más mínimo desagrado? Creo que no, ¿verdad...? Bueno, ahora estás aquí por mí. Yo te he traído, así que respondo ante todos por ti... La forma en que has rechazado al honorable gneodano mientras te observaba también le ha enfurecido, pero eso, en el fondo, es buena señal -puso un dedo en los labios de Arestes, conteniendo sus inminentes preguntas. -No has saludado, ni le has mostrado el más mínimo signo de respeto y sumisión... Pero, en fin, sigues estando aquí, conmigo y libre, lo cual quiere decir que te considera apto para la misión. Por un momento, llegué a creer que no sería así...

Halaine se separó de él y le ofreció la mano.

-Voy a llevarte a tus aposentos, así que cógeme la mano como te enseñé -susurró. -Así no. La que guía soy yo. Así. Eres mi huésped y estás por completo a mi cargo. Acuérdate de cómo te enseñé a moverte, cómo mirar, no te rías ni te alarmes, veas lo que veas, oigas lo que oigas, te digan lo que te digan. Atento a mis indicaciones. Cuando lleguemos, la guardia que nos escolta se quedará fuera, y podrás relajarte. Menos mal que lo más probable es que no nos crucemos con nadie, porque si no recuerdo mal, este muelle es uno de los reservados para invitados especiales...

Emprendieron camino hacia las escaleras, con cierta solemnidad. Halaine notó los esfuerzos de Arestes para no reír. Se formó una matemática comitiva de guardias a espaldas de ambos, a los que se iban incorporando conforme sobrepasaban.

-No mires atrás -dijo Halaine al notar que Arestes giraba la cabeza. -Es una falta de respeto para la escolta. Significa que no confías en ellos. Y ellos darían su vida por ti.

-No, si yo sólo miraba por curiosidad...

-Ya la satisfarás en otro momento. Cuando salgamos por esa puerta, para hacértelo más sencillo, mira los objetos inanimados. Yo te diré cuándo y a quién tienes que mirar a los ojos. Aquí, una mirada significa mucho más que un simple vistazo. Acuérdate de los diferentes tipos de saludos que te enseñé, y cuándo y con quién debes usarlos...

-Pero si ya te he dicho que no me los tomaba en serio... Allá en tu ático, insistías en que repitiera tus gestos, una y otra vez, pero yo me reía, creyendo que eran tomaduras de pelo... Sí, vale, me acuerdo que me dijiste en un par de ocasiones que cuando me presentaras a tus padres había que hacerlo así, que la primera impresión era fundamental, pero no creía que había que ser tan rígido... Yo... yo sospechaba que provenías de la alta sociedad danesa, que tu familia tenía abolengo de renombre en tu país, lo sabía por tus ademanes, la clase que denotabas en tus movimientos, tu elegancia en el vestir, en el porte... pero como nos conocimos en un sitio que era cualquier cosa menos elegante y de clase, además de tu trabajo, que te relacionabas con camioneros y manolos, pues...

-Era parte de mi misión. -Halaine se adelantó a la siguiente pregunta del joven: -... que te explicaré en su momento.

Cuando empezaron a subir por la ancha escalera, Arestes preguntó:

-¿Quién era ese viejo? Desde luego, no me gustaría tenerlo cerca de mí, ni como profesor, ni como padre, pese a que tiene pinta de saber mucho...

-Oh, sí, sabe mucho, y es un mago muy, muy poderoso. Se llama Sagfrudo R’landussolen, es halcano abbero del linaje R’landus, y también gneodano de Sumaya Daidelar Hedda...

-Eeeh... espera, espera...- Arestes apretó levemente los dedos de Halaine. -Usas muchas palabras que no conozco... algunas sí, pero no recuerdo qué significan, y otras ni siquiera las he oído...

-Es verdad... -reconoció la anfitriona. -No soy buena traductora, y aquellas palabras que no conozco su traducción o que sé que no existe, las digo tal cual... De todos modos, aunque existan palabras de tu idioma que se acercan bastante a su significado, siempre puede haber un aspecto de éste que no haya considerado, y confundirte.

-Pues explícamelas como buenamente puedas... Más vale saber más o menos qué significan, a no saberlo y quedar como un idiota.

-De acuerdo, tienes razón... eeh... ahora no se me ocurre ninguna...

-Por ejemplo, “halcano-abbero”.

-”Halcano” es un título nobiliario. El trato más aproximado que le puedo encontrar es duque. Y “abbero” quiere decir cabeza de linaje, que puede ser uno solo, patriarca o matriarca, o ambos, si viven. Mis padres, por ejemplo, son abberos del linaje de Altarie, ambos comparten el mando del linaje y lo representan ante los demás... Mis padres son bardazires, es otro título de nobleza de menor rango que el halcano.

-Muy bien... otra palabra: “genodano”.

-”Gneodano”, no “genodano”. Es consejero gobernante delegado de la corte de Sumaya Daidelar Hredda.

Los guardias franquearon la puerta y salieron ordenadamente a un pasillo largo y curvo. Las enormes y toscas losas de las paredes, columnas, bóvedas y arcos cruzados, incluso el suelo, despedían una tenue luz blanca. Parecían gruesas pantallas que difuminaban la luz mortecina de una vela oculta en su interior. En las cuarteadas junturas se apagaba la luz. Las baldosas del suelo también brillaban, pero desgastadas por el uso, rayadas y picadas, aunque limpias. La decoración, los adornos que formaban parte de la arquitectura interior, escasos y simples, incluso la falsa humedad que impregnaba la niebla, contribuían a romper la dura elegancia de alta estructura vertical, angosta y asfixiante. Todo ello creaba un efecto estroboscópico cuya primera impresión era de fría y solemne irrealidad.

-Dios mío, qué maravilla...

-Más palabras.

-¿Qué?

-Que me digas más palabras cuyo significado deseas saber.

-Aguafiestas -gruñó entre dientes Arestes. Halaine sonrió divertida. -Estoy mirando cosas que ni el más loco hubiera alcanzado siquiera a imaginar su existencia, y tú me sales con las puñeteras palabras... ¿De qué están hechas todas estas paredes? ¿Qué tienen dentro?

-De mármol de Arveam. Es un mármol muy caro y muy especial; una de sus características es su translucidez...

-¿Pero cómo va a ser translúcido, si al otro lado de esta misma pared está a oscuras? ¡Lo he visto con mis propios ojos!

Halaine se anticipó y apretó la mano de Arestes, obligándole a reprimir su impulso de acercarse a tocar la piedra.

-Este mármol tiene la propiedad de brillar en la oscuridad, puesto que transmite la luz de losa a losa desde la fachada, o de cualquier fuente de luz, aunque esté en la punta opuesta de la construcción.

-Ah...

Deambularon en un laberinto de pasillos, escaleras y cruces de pasillos. En contraste con el bullicio aéreo en la muralla, aquí no se divisaba ninguna presencia, excepto las parejas de guardas cada ciertos tramos. Llegaron a una habitación y entraron. Tras cerrar los portones, se oyeron dos voces de mando, y después el rudo taconeo de la escolta alejándose. El recinto era amplio, limpio, pero solemne y frío, con muchas líneas verticales. El techo abovedado, el resplandor latente de los muros, los motivos pétreos muy altos, el mobiliario escaso. Un inmenso lecho con amplios almohadones y colchas de frondosas pieles grises en el centro, la mesa con un candelabro y dos sillas a un lado. Un hueco daba a algo parecido al baño. Arestes se asomó y le pareció que estaba cubierto por la misma neblina difusa que cubría todo. Se sentó en el lecho. Le pareció cómodo. Miró a Halaine, que, tras encender el candelabro con un leve soplido, había estado observándolo.

-Bien, querida... ¿qué significa todo esto? ¿qué hago aquí? -preguntó, abriendo las manos.

La mujer se sentó a su lado. Arestes la vio hermosa, resplandeciente, pero desganada. El desagrado por su situación era notorio.

-Mi Sumaya Daidelar Hredda y su rival Hrella me encargaron una misión. Debía seleccionar a alguien ajeno a la magia, con el espíritu intacto a la manipulación de la magia, capaz de resistir los embates a que sería sometido cuando se enfrente con el enemigo.

-¿Quién es ese enemigo?

-Se le conoce como Yath’darumzer del Serade, hijo de sí mismo y de Angbrodina. Es un poderoso sa’eltián, astuto, traicionero, cruel, déspota, que disfruta matando, destruyendo y torturando...

Se interrumpió ante un leve gesto del otro.

-¿”Hijo de sí mismo”? y ¿qué es un sa… saeltián?

-Sa’eltián –corrigió Halaine, silabeando despacio. –Sa’-el-tián. Acuérdate de los diptongos abruptos, sílabas partidas y vocales prolongadas que leías en los libros…

-Vale… Sa’eltián.

-Eso es. Por lo menos, tienes intuición fonética… Los sa’eltianes son una de las siete razas de dragones que pueblan Dagothdéllir.

-¿Qué es Dagothdéllir?

Halaine respiró despacio.

-Creo que deberías comer y descansar. Hemos tenido un viaje muy largo y agotador, y yo todavía tengo muchas cosas que hacer. Debo preparar todo para cumplir tu misión, informar a varios altos cargos, solicitar audiencia a diferentes consejos, a la Reginilar Signhilda, a Sumaya Daidelar Hredda, hablar con mis pares, mis amigos y seres queridos... -Se levantó y anduvo hacia la puerta- Voy a ordenar que te traigan cena y ropa. Mañana continuaremos con la conversación en la biblioteca, donde podrás ver en miniaturas a escala dónde estamos, qué es y dónde está cada sitio, las distancias y el tiempo. Si puedo, pasaré a hacerte una visita antes de acostarte.

Una soledad tremenda invadió a Arestes al cerrarse la puerta. A su alrededor, la niebla no cesaba de serpentear en las paredes, como con vida propia. Se levantó y se encaminó al servicio. Tras hacerse intuitivamente con el control de los grifos y de las luces (a las que encendió con un soplido leve, como vio hacer a Halaine), hizo sus necesidades y se tomó un baño.

Capítulo 3.

Andaba sorteando losas de aspecto sospechoso, charcos de fina nata de los que sabía su profundidad y que un forastero metería la pata sin dudarlo, y coches cubiertos por varios dedos de nieve. Cruzó calles de pesado tráfico, asegurándose de que pararan todos en fila antes de cruzar el semáforo. Los chóferes se las veían y se las deseaban para mantener el control de sus vehículos.

Desistió de coger el autobús de línea. Le venía bastante mal. Tenía que cogerlo bastante lejos de su casa y le dejaba más lejos aún de la casa de Helena. Vivía a unos tres cuartos de hora de rápido camino a pie. Si se encontraba las dos verjas abiertas de una urbanización de lujo y le echaba un poco de descaro al pasar por ahí con aires de ir a uno de los chalés y ser amigo del dueño, podría ahorrarse hasta cinco minutos de camino. Y si no había suerte y estaban las verjas cerradas o el guarda jurado sospechaba de él, pues nada. Daría el pertinente rodeo, maldiciendo a la constructora que se le ocurrió la estúpida idea de edificar un conjunto de chalés en un terreno que dentro de nada se vería invadido por grandes bloques, y que con su derecho de admisión ejercido por medio de altas verjas con accesos cerrados y vigilados, obligaba a dar semejantes rodeos a los peatones.

Pero ahora otras cosas pesaban más en su cabeza. Sabía, fijada la idea con no poco empeño, que no vale la pena comprimir el estómago con problemas, así que cargarlo ahora con uno que ni siquiera vislumbraba, no venía a cuento. Además, por experiencia, los problemas con Helena eran menos, ya que no portaba la neurótica carga de una opresora educación destinada a competir, a ser el mejor en lo que cada uno elige, a saber cuanto más mejor, a resolver los problemas que se presentan en el camino de la manera más elegante, vistosa y exitosa posible.

Por otra parte, no había elegido el caminar con semejante tiempo por casualidad. Se dejó llevar por la fría y neblinosa inspiración de tanta blancura, y recitó una y otra vez el cuarteto que compusiera en su cálido dormitorio, a modo de ritmo para marcar el paso.

Tras cruzar un descampado, divisó los altos edificios entre la tormenta arreciada de nieve. Se encapuchó con energía y siguió avanzando a contraviento, a pisotones. Parpadeó para librarse de los copos que se pegaban en las pestañas. De esta guisa, no vio la piedra que se interponía en su camino, y tropezó, cayendo al suelo cuan largo era. Lanzó un seco exabrupto.

La nieve ya no le animaba tanto. En la periferia de su razón, se encendió el recuerdo de los crudos relatos que Jack London escribiera a finales del siglo XIX sobre la avalancha de buscadores de oro en Alaska y el amargo regusto que tenía cada vez que, tras un punto y aparte, el resto de la página apareciera en blanco, como bloque macizo ocultando la suerte de los protagonistas anónimos, para empezar con otro cuento en la página siguiente. Ese recuerdo creció rápidamente, y recuperó el respeto por la nieve, despojándola del ingenuo ensoñamiento poético que la escasez de nevadas en su ciudad había hecho florecer como en invernadero.

Se levantó y reanudó los pasos, apretando los dientes sin permitir que ni una sola queja más saliera entre ellos, como tímido homenaje a tantos seres humanos que cayeron tras la quimera. Llegó a la puerta de la verja que guardaba los porches del edificio, se apoyó contra ella y miró el reloj. Era puntual.

Sin separarse de la reja, tal era la violencia del vendaval, se aproximó al portero automático. Llamó y esperó, pegando su oído a la rejilla superior. No contestaba. Probó con el ático de al lado, con la esperanza de que los hombretones que vivían ahí le abrieran, pero lo mismo. El ático entero estaba desierto. Pese a que las instrucciones de Helena eran muy precisas en cuanto al lugar donde aguardaría, el mal tiempo quizás le hubiera hecho desistir y esperar en el cómodo calor de su lujosa vivienda. Y los obreros también. El domingo no era día de trabajo, y tampoco era hora de estar por ahí de copas; en el caso de ellos, sumideros insaciables, de litronas enteras. Quizás estuvieran durmiendo la mona, con lo que seguía sin poder entrar. No le inspiraban simpatía.

La tormenta arreciaba. Temió por los cristales de las ventanas y las puertas. Echó a andar rodeando la verja, y en la esquina del otro edificio aledaño, cruzó el ancho tramo de una futura calle y asomó al inmenso solar rodeado de placas de zinc que una constructora instaló mucho tiempo atrás, con la sana intención de dotar a la urbanización de un centro comercial antes de irse a pique. Arestes entró en la puerta de rejas oxidadas. Un golpe de viento lo tiró al suelo, arrancándole un quejido y una maldición.

‘Esto no es normal’ pensó. ‘Desde que vivo en esta ciudad, nunca ha habido semejante viento con nieve’. Mientras se incorporaba, gritó:

-¡Helena!

No hubo respuesta, y dudó que la hubiera.

-¡Helena, ya estoy aquí! -gritó más fuerte aún. -¿dónde estás?

Avanzó con cuidado de no tropezar con los restos de enseres que aún había por allí, sin dejar de gritar.

-¡Helena, soy Ares! ¡¿dónde estás?!

Cayó al suelo una vez más. Maldijo el viento, la nieve, el invierno y todo lo que le pasaba por la mente que se relacionara con aquel estado climático, deviniendo en una larga carcajada burlona: ¿cómo iba a estar la dulce pero fuerte, la delicada pero firme, Helena, esperándole en semejante vendaval? Pero si no era así, ¿dónde podía estar?

De repente, mientras se disponía a alzarse una vez más, el viento cesó a su alrededor. No el sonido, sino tan sólo el caótico zarandeo. Alzó la cabeza y abrió los ojos. No dio crédito. Estaba como en un túnel. Un túnel invisible, fuera del cual, la tormenta de nieve y granizo restallaba como contra una sólida barrera de aire y creaba largos aullidos; dentro no se levantaba más que una brisa, helada y cortante.

Se levantó y se acercó a lo que parecía el límite del túnel, extendiendo la mano para palparlo. Pero la pared se ensanchaba en aquella dirección y se estrechaba en la contraria, de manera que, se dirigiera al lado que se dirigiera, el elástico túnel se movía con él y le impedía tocar las paredes. Miró atrás. Por allí se cerraba. Volvió la vista al frente. Fuera, el temporal arreciaba con tanta fuerza, que arrastraba piedras, hierros oxidados, maderas de palés resecas y podridas, tochos de hormigón y alguna que otra plancha de zinc arrancada de cuajo, rebotando con fuertes chasquidos. Tragó saliva. Aquello no era un temporal, sino un ciclón. Dentro, por el contrario, la brisa creaba pequeños remolinos en una niebla que impedía ver más allá de quince o veinte pasos. De no ser por las paredes invisibles, esos objetos que levantaba el aire como si fueran de papel habrían buscado su carne. Avanzó despacio.

En la niebla del fondo, encima de un montículo, se silueteó una quieta figura de amplios ropajes. A medida que se acercaba, distinguió la altura y el porte. Reconoció a Helena cuando estaba a sólo diez pasos. Un vestido blanco de piel aterciopelada le cubría enteramente de la cabeza a los pies. Amplios faldones ribeteados cubrían incluso la tierra donde se apoyaba; igualmente anchas y orladas eran las mangas, unidas entre sí en el regazo. La capucha, holgada y también ribeteada de piel, ocultaba parcialmente sus rasgos, dejando ver sólo la fina barbilla y los labios, cerrados en una leve sonrisa. Cubría su cuello una estola, ancha y tupida. El vestido se ceñía en la cintura, busto y brazos. Un cinto de eslabones de plata labrada colgaba del talle. La brisa jugueteaba por entre los recovecos del traje, dibujando suaves ondas en las holguras.

Arestes se restregó los ojos. Una especie de bóveda esférica los protegía del exterior. Se acercó despacio a Helena, incapaz de pronunciar palabra. Abarcó la capucha con las manos y descubrió la cabeza.

Helena acentuó su sonrisa, de resignada tristeza. Una fina corona de plata partía en dos su delicada frente y contenía sus largos cabellos rubios. El diamante engastado en la frente de la diadema despedía leves brillos a cada movimiento.

-Helena... -acertó a musitar Arestes. -¿Qué... qué significa...?

Un dedo se posó en sus labios, rogando silencio. Se acercó a él y le besó. Él respondió con un suave abrazo. Notó que temblaba levemente en sus brazos.

-Helena ¿te pasa algo? ¿qué sucede? ¿qué significa todo esto, este prodigio...?

De nuevo ella pidió silencio con otro beso en los labios. Se separaron y se miraron a los ojos, húmedos, expresivos. Pese a la intensa emoción, en Arestes se había establecido una improvisada prioridad. La indumentaria de ella consistiría en una exótica costumbre de aquellas que de vez en cuando presenciaba y a veces formaba parte; en su momento tendría la explicación. Lo primero era el fenómeno del túnel y la bóveda, y después, el fuerte vendaval de nieve que se desarrollaba fuera.

Helena habló por primera vez. Arestes notó el cambio de timbre en su voz, nuevo, grave, casi reverberante, como nunca antes hubiera oído en una persona, pero sin perder un ápice de su feminidad.

-Arestes... como te dije antes por teléfono, necesito tu ayuda -ella bajó los ojos.

-¿Mi ayuda para qué? ¿y qué te pasa en la voz? -preguntó Arestes, embebido todavía en la observación de la cúpula.

-Ésta es mi voz real, y esta cúpula y el pasillo por el que has entrado son obra mía -dijo ella, escueta.

Arestes bajó los ojos, extrañado.

-¿Obra tuya...?

Ella afirmó con la cabeza.

-Y también la tormenta huracanada.

Arestes soltó poco a poco la cintura de Helena y se echó hacia atrás sin apartar la vista de sus ojos.

-Pero... pero ¿qué estás diciendo...? ¿cómo puede ser obra tuya...? ¿es que acaso controlas el clima o...? -Arestes cerró los ojos con fuerza y se masajeó las sienes. -Pero, ¿qué tontería estoy diciendo, por Dios? ¿cómo puede nadie controlar el clima...? ¿y porqué pones esa voz tan rara? ¿cómo lo haces...?

-Arestes, por favor; como te dije antes por teléfono, necesito tu ayuda -repitió ella, paciente.

-¿Mi ayuda...? -reiteró Arestes con cierta brusquedad; cambió de tono, intentando mantener la calma. -Oh, sí, mi ayuda. Mi ayuda... ¿para qué?

-Un terrible mal está asolando mi país, y sólo tú puedes detenerlo.

-¿Tu... tu país? ¿Dinamarca?

-No. Ese es el país en el que nací aquí para buscarte. Mi verdadero país está lejos, muy lejos de aquí, en un lugar donde ningún hombre de este mundo ha llegado vivo jamás.

-¿Qué lugar es ése?

-Acepta ayudarme, ven conmigo y lo verás con tus propios ojos.

-¿Qué tengo que hacer...? ¿qué puedo hacer por ayudarte? ¿y por qué yo?

-Porque sólo tú puedes hacerlo. Dime ahora si me ayudarás o no. Si me dices que sí, vendrás conmigo, te llevaré ante alguien que te dará lo que necesitas para hacerlo, conocerás lugares y gentes como nadie antes de aquí ha conocido, viajarás. Si me dices que no, me iré y nunca más volverás a verme.

El joven se tomó su tiempo para responder. Sacudió la cabeza y extendió las manos, como controlando lo que le venía encima.

-Espera, espera un momento que me aclare, por favor... Me encuentro en medio de un extraño prodigio climático, con mi novia vestida de un modo extraño, que me pide ayuda para salvar no sé qué lugar de no sé qué catástrofe, haciendo algo que no sé lo que es, de un modo que no sé cómo hacerlo... ¿es eso? Y encima, por si no fuera bastante, amenazas con dejarme...

Helena afirmó otra vez con la cabeza.

-No puedo perder más tiempo. Me voy ahora a casa. Me necesitan, necesitan todos los recursos que disponemos, por insignificantes que...

El otro interrumpió con una carcajada, algo nerviosa, doblándose sobre sí mismo. Cesó de reír al poco rato. No perdió la vis cómica, pese a la solemnidad que ella detentaba sin ningún esfuerzo.

-Venga, Jelenita... La broma ya ha durado bastante. Ahora en serio ¿qué quieres? Para pedirme algo que al parecer es importante para ti, no hace falta que te vistas así, ni tanto dramatismo.... Si lo puedo hacer, lo tienes seguro, pero seguro, vamos... Por cierto, estás preciosa, y esa corona te sienta muy bien. Parece como si hubieras nacido con ella. ¿Es de plata...? Y ese brillante... -lo tocó suavemente con el dedo. -Bueno, ya me lo dirás luego... -Alzó la vista hacia la tormenta. -Lo que no me explico es qué demonios está pasando aquí arriba... nunca antes he visto nada parecido... Por un momento creía que estabas en peligro, pero...

El mutismo de Helena le hizo bajar la mirada. Algo en su semblante le provocó un escalofrío.

-Helena... por favor, me estás asustando... yo...

-Arestes... ¿aceptas ayudarme entonces?

-¿Que si...? Por Dios, ¡claro que sí, cielo! ¿No te he dicho que todo lo que pueda hacer por ti, lo haré? ¡Daría mi vida por ti, mi princesa! -casi se arrodilló ante ella, a punto de perder los estribos. Intentó pasar su arranque de ira por hiperactividad, y se dispuso a quitarse el abrigo. -A ver, ¿qué tengo que hacer? ¿qué quieres que haga?

Se detuvo ante un gesto de ella; le extendía la mano pidiendo calma. Habló despacio:

-Como yo también te he dicho, vamos a emprender un largo viaje...

De repente, el vendaval nevado se desvaneció en unos instantes, sin dejar más rastro que unas nieblas que se difuminaron rápidamente al sol.

-... hacia un país muy, muy lejano, donde sólo se puede acceder mediante los sueños a través del vacío...

El joven miraba hacia el cielo, el sol, los horizontes, como un bebé mira a su alrededor sin comprender lo que pasa. Sintió un mareo al intentar abarcar todo.

-... o por el Beoriyard, el gran puente del arco iris, con la muerte, si las tejedoras lo destinan así.

Tras unos tensos momentos en los que Arestes ya se hizo a la idea de que no estaba soñando, se volvió a Helena a pedir explicaciones. Pero su atención estaba puesta en la lejanía, a su espalda, de modo que se volvió de nuevo.

Cinco gigantescas águilas en lo alto de los cielos descendían en círculos hacia la pareja, montadas por sendos jinetes. Pese al insólito espectáculo de esas soberbias aves, se fijaba en un carro volador tirado por ocho caballos alados en fila india. El carro, sin alas ni ningún medio visible de sustentación en el aire, flotaba y corría surcando los aires.

El extraordinario conjunto anevizó con enérgicos y cortos aleteos que levantaban polvaredas de nieve y tierra, seguido de rebotes, graznidos y relinchos. Todas las águilas eran blancas, moteadas de negro en el pecho y las patas. Al no plegar las alas, se podía apreciar su magnífico plumaje y su envergadura, de diez metros de punta a punta, un metro largo de altura hasta la cruz y casi tres metros desde la punta de las colas hasta el pico. Arestes reconoció en los jinetes a los obreros de la supuesta empresa danesa de electricidad, ataviados con extrañas vestimentas.

Antes de que pararan las cortas y bruscas carreras del anevizaje, los hombres ya ponían pie a tierra, con gran pericia, tirando con energía de las riendas. Voceaban con un tono mezcla de dominio y afecto, tranquilizando a las bestias. Prodigaron caricias con una mano, mientras con la otra buscaban rápidamente en los zurrones de las sillas. Extraían pedazos de carne seca y las ponían en los picos, que se cerraban como cepos, con gran habilidad de no pillarles la mano. Se encararon un momento con Helena y le dedicaron una profunda reverencia, a la que ella respondió con un leve ademán.

Arestes se fijó en las indumentarias. Cubrían las cabezas cascos metálicos con viseras de cuero blanco repujado, trabillas al cuello y ranuras acristaladas para ojos. Ponchos de piel frondosa vuelta del revés ocultaban petos metálicos y espadas; a la espalda llevaban grandes escudos con emblema de águila blanca en relieve, las botas no eran más que pedazos de piel atadas a las pantorrillas con correas que subían en zigzag desde el arco plantar del pie.

Todas las monturas llevaban en sus correspondientes sillas de montar, además de los zurrones, carcajs de lanzas y flechas. Colgaban también arcos de triple curvatura, minuciosamente labrados. Las sillas estaban atadas con anchas correas repujadas cruzadas sobre el pecho. De las cabezas partían las riendas, gruesas y recias, colocadas de una forma conveniente para el control del animal. Los ojos, tanto de las águilas como de los caballos alados, estaban tapados por unas vendas.

Los hombres no cesaban de hablarles con palabras extrañas, de obsequiarles con carne, hasta que todos los animales se calmaron. Repartieron los arreos otra vez, distribuyeron las armas y el equipo en las sillas, disponiéndolo todo como para un largo viaje, sin cesar de hablar ni de propinarles caricias de rudo cariño en el cuello y las alas.

Arestes se fijó en el carro que había anevizado a espaldas de Helena. Era un carro de marfil nacarado, rayado y viejo, paredes ligeramente abombadas, incrustados con adornos de relieves erosionados. Los cantos estaban protegidos por esferas de un cristal tallado que despedía suaves brillos verdes. Se apoyaba sobre largos patines esmaltados en plata, gastados por el uso. Uno de los guardias desplegó una escalerilla corrediza. Mientras Helena subía, Arestes se acercó al caballo más próximo. El carruaje no llevaba mayoral, ni nada que guiara a aquellos fabulosos seres.

Los caballos eran blancos, enormes, con patas robustas, pechos anchos y velludos, y largos penachos de apariencia sedosa a lo largo del cuello. Las alas, de diez metros sobrados cada una y equipadas con largas plumas de casi un metro de longitud, partían ambas de una joroba musculosa que sobresalía de la base del cuello. En las patas traseras, además, tenían sendas alas timoneras, de un metro de largo, con su correspondiente protuberancia muscular. El aspecto del tiro era sobrecogedor, digno del mejor desfile de fantasía.

Arestes fue a acariciar uno de aquellos pegasos, a riesgo de recibir un aletazo que podía partirle el cuello, pero Helena, desde el quicio, le apremió con una seña. Arestes subió con torpeza. El interior era espacioso, aromático y fresco, decorado con motivos dorados; un banco en la parte trasera estaba forrado de una tela acolchada que parecía moaré. A la izquierda, se sentaba Helena. Invitó al joven a su lado. Con no poco apuro, obedeció.

El carruaje arrancó con un suave vaivén, entre relinchos, inclinándose pronto hacia arriba en pronunciada pendiente. El poco cielo que se podía ver desde la ventanilla no cesaba de moverse. El sol empezó a describir círculos de luz en el interior, asomándose ora por una ventanilla ora por la otra. Ascendían en caracol. De repente, toda la vista era una espesa niebla. De vez en cuando cruzaba rauda la sombra de un águila de la escolta. El giro cesó. Volaban en línea recta.

Arestes repartía sus atenciones entre Helena y las ventanillas. Se estiró para poder ver hacia abajo, pero no lograba gran cosa. El silencio forzoso fue roto de repente por Helena:

-Arestes, sé que te debo una explicación...

El joven se volvió hacia ella, afirmando con la cabeza.

-... pero tendrás que esperar a cuando despiertes.

-¿Cuando despierte?

-Sí, porque ahora tienes sueño, querido, mucho sueño...

Helena le pasó la mano tras la nuca. Con una caricia y un gesto con la otra mano, le conminó a recostarse apoyando la cabeza sobre su regazo, incitante. Antes de que Arestes reaccionara, un fuerte sopor se apoderó de él. Bostezó y obedeció, acunado por los vaivenes del carro.

Capítulo 2.

Arestes contempló la nevada desde la ventana de su habitación. Su extensa vista, ahora empañada por los gruesos copos, le trajo reflexiones que le costó menos de lo normal expresar al instante en versos. Quizás la chispa fuera la inquietud por Helena, unida a la rara paz de ver caer nieve. Se puso a escribir en un papelote. Algo de tachar, añadir, detallar y resumir, y acabó enseguida. Entonces rebuscó entre sus libros, y de un lugar poco accesible, extrajo su manoseado y viejo cuaderno de poesías para plasmarla con cuidada caligrafía:



“Hormigueros humeantes a grandes cuadros
albergan contra las canas del elemento
esperanzas y hechos, oscuros o claros,
concebidos para sembrarlos en los vientos.”


Una leve sonrisa constituyó la rúbrica. Era un cuarteto fortuito, una más de tantas estrofas escritas en el mismo estilo; la ausencia del título contribuía a su pretendido misterio, algunas muy difíciles de revelar. Hojeó hacia atrás el cuaderno, hasta encontrar la poesía, también sin encabezado, que dedicó en secreto a su amada poco tiempo después de conocerla. La leyó y la volvió a leer. Su temperamento volcánico ya le había dado muchos problemas, y tras haberlo admitido en su fuero interno y tratarlo con no poco esfuerzo y ayuda profesional, no quería que una mínima bajada de guardia diera al traste con todo. Incluso añadió una leve introducción, referenciándola al presente, dado el clima:


“Reinas y reinos en mi cabeza soñaba
entre copos escasos de ésta, mi ciudad,
por ventanas de libros, mi única palabra
contra vastos hormigueros a dominar
como guías hacia países más fantásticos;
seguí una incitante: la reina de un reino ártico.

Qué ella misma es… en andares y en miradas,
qué gracia en sus modales de autorretrato,
qué silueta de energía estilizada,
con voz de resonante y firme mandato:
enviad a todo el ejército al combate,
pero, mi amor, apóyame en secreto antes.

Colinas y valles viejos de nieve
conspiran e inspiran sobre su cuerpo
plata en su cuna, plata para siempre,
pero no de aquella que apaga el tiempo,
sino de la que llueve de la fragua,
curva y brillante, ceniza del agua.

El dorado ceñido en forma de corona
estalla y llora sedas en sienes de seda
cayendo por laderas que crían en sombras
senderos donde la sed y el hambre sin huellas
bombean, ariete en ristre, contra el embalse
de secos sudores y marfiles sin esmalte.

Ajuares sin fin de mareas infinitas
alumbran desde ambos horizontes marinos
la lágrima esculpida y su ardiente sonrisa,
inundando las cuencas vacías del niño
que antaño soñaba que la nieve vivía,
ya que entre sus manos, lloraba y se escondía.

Nieblas y humos entre perlas y fresones,
la escarcha canta al rocío que sudará,
y el arco iris, ríe y llora entre nubarrones,
calman oídos que supuran soledad.
Soledad, vete de estos túneles sin puentes,
suenan con otro eco, música de otra fuente.

“¿De dónde vienes?” quiero saber, desplegando
mis alas pardas para volar en su vientre.
“Del palacio azul cuyo asalto estás tú al mando.”
musita ella, tras las penumbras de poniente.
La avidez, las caricias y los sueños rotos
se apilan, alumbrando el vacío sin fondo.

Ella habla; ¡madre de todos, cómo habla!
ella ríe; ¡cálido invierno, cómo ríe!
ella sonríe y entra y embiste mis entrañas.
Su voz cubre lozanos céspedes afines
a sus distantes praderas; sus carcajadas,
vuelan, y sus sonrisas... de lejos, afligen.

En los valles, caído y sin fuerzas, sus pies
siembran rosas entre escorias y barrizales.
En las cimas, nieve y sol tejen en zarzales
las moras frías que en su boca escanciaré.
Reloj de arena, túmbate y detén tu tiempo;
avispa reina en mis brazos, brazos de cierzo.

Alfanjes forjados en invierno cimbrean
y cortan las sombras que despide la antorcha,
y apoyan a alfanjes más pequeños de cera,
guardianes del limón, esencia de las rocas.
Caen los plumones, resbalan por sus filos,
aires de Suecia, femeninos y vikingos.

Pero aún con todas esas virtudes físicas,
familia, dejadme, me vendo a la belleza
capaz de plasmar el respeto y la nobleza
en lienzo de una nativa de la Asgard mítica,
he visto que es de su dote pequeña parte,
la que el tiempo robará, no así su carácter.

Cuando entre ambas orillas amenazan truenos,
Escilla y Caribdis gritan a un iceberg.
Cuando el océano fluye libre y sereno,
da un paso, y Poseidón cae en su poder.
Un error, un desdén, algo que no le agrade,
¡cuidado! escalpelo, aceite y diamantes.

Oh, dioses, qué sacrificio me queréis,
que a cambio del corazón de esta criatura
tiemblo sólo de pensar en la escritura
de mi sangre en vuestro trato; mas veréis
que os dejo con él, y dejo mi armadura,
porque iré tras ella, estéis donde estéis.

Con ironía, me digo:
'Decididamente, ahora que lo pienso,
con este clima ella está en su elemento.'

Con ironía, prosigo:
'Decididamente, por fin tengo la perla
que merezco tras pasar tantas penas.'


Arestes cerró despacio el cuaderno y se echó adelante, la barbilla en una mano. Miró el reloj. Aún quedaba tiempo. Su fondo frenético le impulsó a coger las toallas y el neceser e irse al cuarto de baño, que estaba libre en ese momento.

El agua caliente restallaba contra su piel. Tras aquel primer contacto en el bar siguieron otras citas, primero en pandilla con sus amigos, y después en privado. Sus imponentes compañeros de trabajo se buscaron la vida en sus ratos libres; sólo los veía cuando iba a su casa, y los saludaba en mal alemán: “Guten mornen, guten tag, aufwiedersehen”, y ellos respondían con un gruñido. Entre todos alquilaban un ático entero en una zona residencial en construcción, en las afueras de la ciudad, donde sólo habían dos edificios levantados y tres en proyecto, rodeados por inmensos solares y jardines. Dicho ático estaba compuesto de dos pisos, uno para ella y el otro para ellos.

Disponían igualmente de sendos medios de transporte. Ellos de motos “Indiana”, de gran cilindrada, con estética “chooper”, con las que se desplazaban en sus ratos de ocio, y ella con un pequeño y lujoso deportivo marca “Saab”, que usaba tanto en el trabajo, para cuidar la imagen de la empresa, como en sus ratos libres. Arestes se emocionó la primera vez que ocupó el asiento del conductor, a instancias bromistas de ella, y lo condujo por las calles, un domingo por la mañana, sin apenas tráfico.

Igual de fuerte que la impresión de ver su casa por primera vez, constatar su sentido de la decoración, sus aficiones y sus gustos. Jarros rústicos que usaba como macetas, cuadros, tanto de paisajes pintados como fotográficos, como de motivos artesanales; al fondo del inmenso salón, una chimenea de ladrillo, con sus enseres a un lado y carrasca bien apilada al otro. Debido a la excepcional crudeza del invierno en curso, había tenido las más entrañables experiencias amorosas a la luz de la hoguera desde que tuviera uso de virilidad.

De los muchos detalles que iba conociendo de ella, le asombraba sus opiniones con respecto a las religiones, los usos y costumbres populares, la economía y la política, declarándose monárquica convencida, defensora de las tradiciones. Conocía casi al detalle la historia de Occidente, desde la Prehistoria, con la venida de las tribus indoeuropeas que poblarían el continente hasta hoy. Helena le enseñó, en ocasión hogareña, su titulación de diplomatura en Historia por la Universidad de Oslo, especializándose posteriormente en Sociología y Antropología. Las anécdotas costumbristas que refería de los antepasados continentales daban por pensar irracionalmente que las había presenciado en vivo. Arestes tuvo sensaciones esporádicas de una vida más larga que la que ella aparentaba. Eso la hacía mucho más atractiva a sus ojos, misterio aderezado con las abundantes referencias sobre sus antepasados nórdicos. A su lado, su formación autodidacta, desarrollada con muchas carencias y tópicos desde su más tierna infancia por los cuentos que su abuelo paterno le relataba para dormir, cojeaba de ambos pies. Cuando Helena se dejaba llevar y explicaba, como quien no quiere la cosa, algún detalle histórico costumbrista, Ares escuchaba muy atentamente. Conforme pasaba el tiempo, esas anécdotas se iban acumulando. Más extraño aún, no se repetían, en un progreso típico de la relación entre dos personas, que se recurren a detalles ya referidos anteriormente, aún cuando una expone hechos nuevos ante la otra y espera una explicación letrada. Arestes, en un estúpido alarde de dominio de la cultura común en pareja consolidada, empezó a meter la pata intentando relacionar históricamente unos con otros, dándoselas de entendido, pero Helena, con paciencia y humor, o ironía, o con impaciencia o enfado, según le pillara el ánimo, le ponía en su sitio una y otra vez con demostraciones y razonamientos históricamente convincentes. Al final reconoció íntimamente su inferioridad. Ya no intentó enmendarle la plana; así ella se abundaba más aún.

Consultó la hora de nuevo. Acababa de afeitarse y ya estaba vestido. A pesar de que aún faltaba, no se lo pensó dos veces. Estaba nevando, y debía aprovechar para disfrutar del tiempo. Terminó de embutirse en el abrigo, dejó de lado los consejos maternos acerca de llevarse gorro, bufanda y guantes, y salió a la calle. La primera ráfaga de frío que recibió en la cara inició otra inspiración poética, y el nervioso ritmo de sus pasos, unido al crujir de la nieve bajo sus pesadas botas, culminó en un cuarteto que se prometió a sí mismo transcribir a la primera oportunidad:


“Bien rebujado en chaquetón de piel,
botas y capucha, lanzo la estrella.
Los pies cosen el liviano mantel
que los cielos tejen sobre la tierra.”

Capítulo 1.

-Ares, al teléfono -anunció su madre asomándose por la puerta de su dormitorio.

Arestes remoloneó desordenadamente su inmensa humanidad en la cama. El jergón crujió. Estaba tan a gusto, leyendo un cuento ilustrado de Tolkien, por los que sentía una especial predilección. Releerlos una y otra vez no le cansaba pese a lo complejo de las tramas argumentales, sobre todo con el tiempo que hacía fuera. La ventana, con la persiana de aluminio plegada por completo, se henchía de suave luz blanca por la reciente e intensa nevada. Debido a la latitud de la ciudad, casi en medio del trópico, las nevadas eran escasas, y más con esa intensidad. Los estudiosos del tiempo conjeturaban las causas, tocando las más variadas hipótesis que explicaran aquel curioso fenómeno, el más recurrido de los cuales era el del efecto invernadero, con sus cambios climáticos impredecibles.

Arestes estuvo a punto de pedir que dijeran a quien fuera que en aquel momento no estaba en casa. Deseaba disfrutar de aquella rara sensación de calma.

-Vamos, Ares, es Elena -apremió su madre desde el pasillo.

Arestes se despejó por completo. Todo lo relacionado con aquel nombre pasaba arrollador a la acción más inmediata y privilegiada. Corrió descalzo por las frías losas hacia el teléfono, se apoderó del auricular y exigiendo en silencio a su familia la más absoluta intimidad en medio del ajetreo matinal, se lo llevó al oído.

-¿Sí? -casi gritó. -Sí, soy yo, Helena ¿qué...?

Se interrumpió. Algo en la voz de su interlocutora le hizo fruncir el entrecejo.

-Pero... pero, cariño, ¿qué sucede...? Sí, sí, vale, te escucho, ¿qué quieres que haga...?

Ella siguió dando instrucciones sin hacer caso de sus requerimientos.

-Sí, de acuerdo, dentro de dos horas en el descampado al lado de tu casa... ¿no quieres que suba directamente...? Es que con el frío que hace... Bien, vale, vale, como tú digas, cielo, pero ¿me puedes decir qué pasa...? ¿Helena...? ¿Oye? ¿Helena? ¡Helena...!

Colgó, un poco nervioso. Se quedó con la mano sobre el aparato. Su madre le sacó de la abstracción.

-¿Qué pasa, Ares? -preguntó, un poco preocupada. -¿Le pasa algo a Elena?

-Sí, le pasa algo, pero no sé el qué...

-Pues, ¿qué te ha dicho? -indagó una de las hermanas que se habían detenido a su alrededor.

-Me ha dicho que necesita urgentemente de mí, de mi ayuda, de algo que sólo puedo hacer yo. Y me ha citado al lado de su casa dentro de dos horas. -Ares fijó la vista en su familia, uno por uno, y se dirigió a su habitación con cierta brusquedad.

-¿Cuándo fue la última vez que la viste...? -habló otra de sus hermanas. -Espera, anteayer mismo, ¿verdad? ¿Notaste algo raro entonces?

Ares negó con la cabeza.

-Bah, seguro que no será nada -le intentó tranquilizar su madre. -Cuando vayas allá, hablas con ella y lo sabrás. Y si necesitas ayuda, no dudes en llamarnos.

-Te lo agradezco, mamá, pero ahora lo que quiero es estar solo... -abrió la puerta de su habitación y se volvió de repente: -¡Ah! y no es “Elena”, mamá, sino “Helena”, con...

-Sí, sí, ya sé -interrumpió su madre, con mueca de fastidio -con hache sonora delante... pero, hijo, es que estoy acostumbrada a no pronunciar la hache, y ese nombre se me hace muy raro...

-Pues acuérdate del Guggenheim, mamá.

Cerró la puerta y se tumbó de nuevo en la cama. La intranquilidad le impedía estarse quieto sobre la colcha. Paseó impaciente por la habitación, mirando el reloj cada dos por tres. Para calmar su creciente inquietud, pensó en Helena, y se dejó llevar por las emociones que embargaban su recuerdo...



Arestes entró bajo el arco de ladrillos pintado de negro mugriento. Nada más abrir las agrietadas puertas exteriores, la música y el humo les envolvieron, sinuosos, violentos, a él y a su pandilla. Medio borrachos todos, tropezaban entre sí y con los que salían, lanzándose mutuos denuestos de humor barriobajero. Penetraron de estampida por otra puerta basculante interna, más descascarillada aún, para ir a parar al rellano que iniciaba a la izquierda una rampa descendente en caracol. No se fijaron para nada en la figura pintada que aguardaba enfrente, una mujer desnuda y sentada en el centro de un pentagrama con una calavera reseca de macho cabrío por cabeza. Empujando, riendo, casi rodando entre sí, se metieron en la vorágine humana que asomaba nada más dar media vuelta en la rampa. Los adornos y pinturas que cubrían las curvas paredes representaban símbolos facilones y escenas tópicas de espada y brujería, satanismo, orgías de sabbats y demás parafernalia suburbana. Media vuelta más abajo, la pared curva daba paso a unas fuertes rejas por las cuales se divisaba una profunda bóveda humeante, apestando a sudor, vómitos, porros, tabaco, cerveza y licores varios tirados por los suelos, pisoteados por un sinfín de botas pesadas, deportivos rajados y afilados tacones. Melenas espesas se confundían con cabezas rapadas y crestas al son de una música ametrallante. La humareda rielaba, iridiscente, con los focos móviles.

A pesar del cargado ambiente, Arestes notó que había menos gente de lo normal. Al día siguiente no era fiesta. Se acodó como pudo en la barra. En la gran pantalla de vídeo-proyección del fondo, un clip musical mostraba los títulos de crédito de una canción. No era la que sonaba por el equipo de música, el vídeo y el sonido iban desparejos, pero nadie le daba la menor importancia. Contempló a sus amigotes. Era el menos bebido. Lanzó una vista general al panorama, saludó a los camareros y a unos cuantos sujetos más. Uno de éstos, un enano según los estándares normales, que para Arestes los estándares normales eran enanos, se acercó.

-¡Eh, Ares, cómo te va, tronco! -cruzaron manos y se palmearon mutuamente con fuerza.

-¡Qué tal, viejo, cómo tú por aquí! -Ares se volvió al camarero y pidió una litrona.

-Pues ya ves, aquí estamos -levantó la botella que portaba. -Bebiendo para olvidar...

-Tú siempre bebes, cabroncete -le propinó un codazo. -¡Para olvidar y para no olvidar!

-Ca, hombre, hoy sí que tengo un buen motivo... ¡Y seguro que tú también beberías si estuvieras como yo!

-¿Ah, sí...? -Ares rió otra vez. -¿Qué ha pasado? ¿te ha dado plantón tu último intento?

-¡Y tanto! -bizqueó los ojos. -Está tan buena, que no podía por menos que intentarlo, sí. -Atizó un largo trago a la botella que tenía en la mano. -Pero nos ha rechazado a todos... incluso la “Freni” lo ha intentado...

-Vaya, vaya, si ésa lo ha intentado, es que algo debe tener...

-¡Que si algo debe tener! -exclamó el enano, bizqueando. Señaló la pantalla de proyección del fondo: -¿Sabes esas tías tan buenas que salen en los vídeos de Mötley Crüe, o de Withesnake...? Pues ríete de ellas, tronco. No habrás visto nunca antes en tu vida alguien como ella... ¿Por qué no lo intentas tú?

-¿Está todavía por aquí, o qué? -Arestes miró más allá de la barra, intentando divisar una belleza sin igual que sobresaliera entre las mujeres que cruzaban de aquí para allá.

-Sí, está en el billar... sola, pero rodeada de cuatro o cinco gorilas.

-¡Ah, qué gracioso...! -se encaró con el enano, sarcástico: -”Sola, pero con cuatro o cinco gorilas...” ¿Cómo se entiende eso...? Uno de ellos será su amiguito... ¡o todos!

-No, en serio -repuso el otro, sin alterar su gesto. -Los he vigilado, y como ninguno de ellos la magrea, pues he pensado que no está liada... Así que, me dije, voy a intentarlo yo, ¡qué carajo! ¡Además, la chica lo valía, el riesgo quiero decir, te lo juro! -Arestes sintió su curiosidad avivada. -Así que, con no poco valor, paso por entre los tiarrones, y... en fin, fracasé. Me miró un momento, pero después no me hizo ni puto caso. -Desvió la cara para ocultar el rubor. - Alguien como tú podría pasar... ¡Vamos, inténtalo tú, tío! -le empujó, y musitó por lo bajo: -... ya que yo no puedo hacer nada...

-Bah, quita, quita... -El camarero acababa de poner una litrona llena de espumeante cerveza hasta arriba. Arestes pagó, cogió la litrona, bebió un trago y la pasó a la pandilla. -La última vez que lo intenté... con Marga ¿te acuerdas de Marga? -el otro afirmó con la cabeza -Bueno, pues casi me salió por las orejas...

-Por lo menos, ve a verla, y sabrás lo que te digo...

-Bueno, por ser tú... Si la “Freni” lo intentó... -Se volvió a su pandilla. -Esperarme aquí, vuelvo enseguida.

-Y cuidado con los gorilas ¿eh? -oyó que le decía el enano antes de perderse.

A empellones, avanzó hacia el billar. Dada su altura, por encima del gentío, pudo ver que la mesa la ocupaban cuatro hombres con aspectos que ponían los pelos de punta, incluso en aquel ambiente. Mas altos incluso que él, corpulentos, sus largas melenas andaban rodeando en una u otra dirección el tapete verde. Anchos brazos megatatuados asomaban desnudos por chalecos de cuero con cadenas, que no daban para cubrir los torsos velludos. Eran rubios, casi albinos, de lacios cabellos que destacaban entre las crespas melenas morenas que eran habituales allí. Las pobladas barbas iban a la par, y les cubrían todo el cuello y parte del pecho.

Llegó al límite del espacio vacío en torno al billar. Arestes no pudo por menos que pararse y admirar las sólidas apariencias de aquellos hombretones. Forzando un poco la imaginación, le inspiraron los otrora rudos marinos vikingos, tal y como recordaba de las ilustraciones en sus lecturas favoritas de pequeño. Sólo que, en vez de cascos, escudos, espadas y petos, vestían chalecos, pantalones raídos y lucían tatuajes, marcando paquete. Con la vista recorrió a la gente que estaba apoyada contra la pared, al otro lado del gran tapete verde, otros dos gigantes, hablando entre sí con grandes jarros en las manos, y a una mujer.

Sus ojos se detuvieron como heridos por un rayo. Las reducidas dimensiones del patio de juego, unido al ambiente que reinaba en éste, de reserva absoluta, hacían que nadie ajeno al grupo se aventurara a mezclarse entre ellos, buscando espacio y comodidad. La chica, pues, estaba sola. Era joven, bajita, de apariencia delicada, con lacia y abundante melena rubia cayendo libre sobre sus hombros. Vestía chaleco vaquero raído con adornos espejados y flecos sobre un níveo jersey angorino de cuello alto. Apoyada contra la barra de la pared, de cintura para abajo el pantalón vaquero se ajustaba como una segunda piel a su espléndida silueta. Algo en ella, Arestes no supo el qué, llamó poderosamente su atención, y quedó con la vista prendada, hasta que aquélla le devolvió la mirada.

Unos ojos intensamente azules brillaron por encima de los focos del billar. Arestes se sintió escrutado hasta en el más hondo de sus detalles íntimos. Le incomodó mucho, pero sólo fue un momento, el suficiente como para tomar los ánimos necesarios para lanzarse. Pasando por encima de las reservas que le inspiraban los gorilas, consideró las posibilidades de lograr su objetivo; se le antojaron casi nulas. “Como todos”, pensó Arestes, “pero voy a intentarlo...” Aprovechó la franqueza visual abierta por la desconocida para devolverle la mirada con la misma intensidad y una sonrisa.

Empujó suavemente a los jugadores, que se apartaron un momento para dejarle pasar. Le pareció que antes de girarse para ver quién era el intruso, miraban a la chica. Arestes se encajonó como pudo a su lado, intentando no tocar a nadie. Ella seguía sin quitarle ojo.

De cerca, era mucho más atractiva. Sin humos ni luces deslumbrantes de por medio, el escrutinio aumentó. Nariz respingona, labios finos y muy bien dibujados, cutis de porcelana y ojos de un brillo azulado casi luminoso. Ella, a su vez, vio a un joven, alto, fornido, moreno, pelo bien cortado, piel levemente bronceada, ojos pardos de mirada intensa, mejillas rasuradas y lozanas, nariz un poco abombada y labios finos. Arestes decidió romper el hielo.

-Hola... -le costó decir. Atribuyó el esfuerzo al alzar la voz por encima de la música. -Me llamo Arestes... pero mis amigos me llaman Ares.

Esperó respuesta en vano. La chica no despegaba sus labios, ni sus ojos. El joven no se desanimó. Señaló con un gesto a los jugadores del billar.

-¿Venís mucho por aquí? Nunca os he visto antes...

Silencio otra vez. Comenzó a molestarse. Lo intentó una vez más, implicándola ahora.

-¿Te puedo invitar a algo?

Tampoco hubo respuesta. “Definitivamente, son gente muy rara” pensó. “Seis tiarrones y una tía así de buena, que parece que no está con nadie, todos extranjeros del norte... Quizás no hablen mi idioma”. Consideró la posibilidad de hablar en el pobre inglés que dominaba, pero desistió. Murmuró una disculpa apresurada e hizo ademán de marcharse. Pero al dar media vuelta, uno de los hombres le cerró el paso encarándose a él.

Arestes, sin comprender, captó la resolución del hombre. A su alrededor, el resto del grupo le observaba, los del billar enarbolando discretamente los tacos. No captó con qué intenciones, y ojeó más allá, en la basca, intentando divisar si alguien se apercibía de la situación para que vinieran a echarle una mano.

-Hola, Arestes. Me llamo Helena -oyó de repente a sus espaldas. Se volvió despacio.

-¿Elena? -repitió, seguro de no haber entendido.

-No, “Elena”, no. “Helena”, con “h” sonora delante. En mi país, “Elena” es otro nombre distinto... -explicó con media sonrisa. Arestes estrechó mecánicamente la mano que le tendía la chica. La sintió muy pequeña, suave, fresca y frágil. -... aunque no se use mucho.

-En mi idioma, la hache no tiene sonido... ¿Qué sonido tiene en el tuyo? Es que, con este ruido que hay, no lo oigo bien.

-Es como una jota, pero mucho más suave.

-Ah... y, ¿cuál es ese idioma?

-El vendo, un dialecto danés no germánico de procedencia eslava. No creo que lo conozcas.

-No tienes el más mínimo acento extranjero... -Señaló las gigantescas pantallas acústicas. -Claro que, con este ruido, no puedo oírlo muy bien...

Arestes volvió a apoyarse contra la pared, y miró a los hombres.

-Supongo que ellos también son de tu país...

-Puede ser.

El tono le pareció al joven como de reproche ante algo obvio.

-Bueno... si hablas mi idioma, ¿por qué no me respondiste antes?

-Porque quería ver cómo eras -respondió, franca. -No te imaginas lo pesados que se ponen algunos, insistiendo una y otra vez... Y, sí, suelo venir de vez en cuando por aquí, desde hace algún tiempo.

-Pues nunca antes te había visto...

-Casualidades de la vida -se encogió de hombros.

-Y tampoco me han hablado de ti. Conozco a mucha gente de por aquí que me lo habrían comentado.

-Quizá es que no se fijaran bien.

-¿Cómo no van a fijarse en una chica como tú? Eres de esas que llaman la atención allí por donde van -Arestes sintió que se lanzaba. Ella acentuó su sonrisa. Le pareció preciosa, pero enigmática.

-Si yo quisiera, no llamaría la atención.

El joven se sintió descolocado; reaccionó enseguida, con otra sonrisa franca.

-Lo dudo... -Y señaló a los jugadores, que habían vuelto a concentrarse en el tapete verde. -De todos modos, tampoco parece que necesites compañía. Ya la tienes, y en abundancia.

-¿Quién? ¿ellos? -se aclaró. Ante el gesto de afirmación de él. -No son más que unos buenos amigos...

-Y tan buenos -apostilló de inmediato el joven.

-¿Qué quieres decir?

-Me ha parecido que, más que amigos, son guardaespaldas que te obedecen y te protegen.

-Oh... - pareció desorientarse. -Tú mismo lo has dicho: llamo mucho la atención, y, por tanto, necesito protección...

-Y tanto... asustan a todo el mundo. Nadie se atreve a acercarse a ti.

Ella le miró intensamente a los ojos.

-Tú te has atrevido, y te has acercado. Ya ves que no muerden.

El joven se sintió halagado, pero no se fió. Decidió repetir la invitación, con objeto de salir del círculo y preguntar discretamente a sus amigos sobre ella:

-Bueno... ¿quieres tomar algo?

Helena pidió un botellín de cerveza de una determinada marca. Repitió a los jugadores la invitación con gestos, pero declinaron, adustos. Cuando salió del patio del billar, Arestes se llevó la impresión de que no era bien recibido por parte de los hombres, pero no le preocupó lo más mínimo. Lo que le interesaba era la mujer. Y ella le había dado paso libre. Preguntó al camarero de la barra mientras le servía.

-Sí, la conozco. Viene por aquí de vez en cuando. Y muchos han intentado tirarle los tejos. La molestan mucho. Por eso, desde hace poco, viene acompañada por esos gigantes, y la dejan en paz. Lo que pasa...

-¿Qué?

-Bueno, hace poco que van con ella, pero nunca piden nada. Cuando toman algo, siempre pide la chica. Ellos se limitan a coger las jarras e irse al billar. Luego paga la chica. Siempre están en el billar. A veces se llevan cuatro o cinco litronas por cabeza, pero nunca han armado jaleo.

El camarero, entre frase y frase, paseaba su inmensa humanidad peluda, atiborrado de cadenas, cueros y flecos, tras la barra, atendiendo con soltura los pedidos. Arestes se quedó pensando en ese detalle.

-No hablan nuestro idioma -apostilló el otro.

-Ah, claro, entonces ya sí que... Pero ¿tú cómo lo sabes?

El camarero señaló a una de las chicas que estaban en la barra.

-Porque no hace mucho, la “Majona” ha intentado ligarse a uno de ellos. Le invitó a otra litrona, pero el tío no se dio por enterado, se hizo el loco. Tras algo insistir, al final tuvo que intervenir la princesa ésa para decirle algo al oído. El tío comprendió, e intentó ser amable, pero a la “Majona” ya no le hizo ninguna gracia, y lo dejó plantado.

Arestes rió para sus adentros al imaginarse el cuadro. Y observó, con tono de voz diferente:

-Me extraña que una tía así me haya pasado desapercibida. Hasta hoy, nadie me ha hablado de ella...

-Bueno, hoy lo han hecho, ¿no? El enano ése, el “Chincheta”, te ha hablado de ella, te siguió a ver cómo te iba, y ahora se muere de envidia... -Un destello brilló en los ojos del camarero, mientras le ponía el servicio en la barra y se reclinaba sobre ésta, acercando su peluda jeta a la de Arestes: -Y todos los demás también. La noticia ha corrido como la pólvora. El gran Ares ligándose a la princesa intocable. ¿Cómo diablos lo has hecho?

-Aaaaah -se ufanó Arestes, encogiéndose de hombros y con mueca exagerada. -Cuestión de arte y maña, colega. -Cambió de expresión: -No, en serio, no he hecho nada. Únicamente me he acercado a ella y la he invitado... A propósito, ¿puedes bajar un poco el volumen de la música...? Es que es muy incómodo hablar así, casi a gritos, con la chica de tus sueños... -Ante la mueca que se estaba formando en la cara del otro, sugirió con tono negociador: -Por lo menos baja los baffles del billar... Como está tan apartado, creo que bastará...

El camarero afirmó una vez con la cabeza, y se acercó echando su inmensa barriga por encima de la barra, con gesto de compensación:

-De acuerdo, pero dime cómo lo has hecho.

El otro enarcó las cejas, sorprendido:

-Pero si ya te lo he dicho, hombre: nada más acercarme a ella, la invité...

-Vamos, colega, que no me chupo el dedo -insistió. -Yo también la invité, pero ella me rechazó.

-Es que está claro que tú no eres su tipo, tío- bromeó Arestes. El camarero lanzó un denuesto, y murmurando por lo bajo contra la suerte egoísta de algunos, se fue a atender a otra zona de la barra.

-¡Y acuérdate de lo que te he pedido! -gritó, mientras se apoderaba de las bebidas y se perdía por entre la gente

Con un botellín de “Hedweiser” en una mano y un tubo vacío y otro lleno de cerveza negra en la otra, Arestes avanzó lentamente por entre el apretado gentío. Era habitual de allí y le conocían. Su estatura dejaba poco lugar a dudas sobre su respuesta si se le interrumpía el paso demasiado tiempo. Llegó pronto al patio del billar. Los gigantes habían reanudado otra partida, indiferentes a la desesperación de un grupo que, poco más allá, aguardaban su turno. Le dejaron, esta vez, un paso demasiado franco para su gusto, pero no quiso entrar en detalles. Se acercó a Helena y le tendió el botellín gris de elegante diseño y el tubo vacío. Esta quitó la servilleta que tapaba la boca del botellín y escanció con gracia el tubo, levantando muy poca espuma. Mientras probaban las cervezas, Arestes agradeció mentalmente al gordo camarero el favor concedido. Se notaba el menor esfuerzo para hablar... pero cambió de idea al identificar la canción que empezaba en ese momento, la favorita de su grupo favorito; tuvo que abstraerse y mandarle al cuerpo que se estuviera quieto. Dicho tema no era para bailar pegado a una pareja, sino todo lo contrario. Allá en la basca, ya empezaban a saltar y empujarse entre sí a ese ritmo, volando vasones de cerveza por los aires.

-Buena marca de cerveza -opinó Arestes. -Un poco demasiado dulzona para mi gusto.

-La buena cerveza de mi país es así. De hecho es lo más parecido al hidromiel que se hace en mi casa...

-¿El qué?

-El hidromiel, una bebida típica del norte.

-¿El hidromiel? -repitió Arestes, un poco sorprendido. -Pero, ¿se hace esa bebida en la realidad?

Helena sonrió con condescendencia. El otro, completamente receptivo, cayó en la cuenta.

-Eh... Bueno, si tú lo dices, es que sí se hace... Agua con miel fermentada, claro, y será una bebida casera, tú lo has dicho... Pero... -profirió a modo de suave disculpa: -Bueno, perdóname, pero nunca la he probado. Es que estoy acostumbrado a leerla tan a menudo en las mitologías, la tengo tan aquí metida, que la considero una fantasía más de tantas...

-¿Por qué iba a ser una fantasía?

-Porque... porque... eh... se le atribuyen muchas propiedades curativas, demasiadas para ser real...

-Ah... -Helena bebió otro sorbo. Arestes la imitó. -Y ¿qué propiedades dicen que tiene?

-Pues... pues... por ejemplo, en la mitología nórdica, si un jarro de hidromiel es bendecido por Odín y después lo bebía un mortal, éste se volvía berseker, moría en la batalla entre sus enemigos y tenía asegurado el camino hacia el Walhalla...

-Vaya, no está mal... ¿Te gusta la mitología nórdica? -preguntó Helena con interés.

Arestes sintió que se le iluminaba la cara y el espíritu:

-Me encanta. Siempre me han gustado mucho las mitologías: nórdica, griega, celta, hindú, persa, azteca, egipcia... Desde pequeño. Sabía que eran fantasías, como tantos y tantos otros cuentos, pero su procedencia las hacían mucho más interesantes. Incluso la Biblia, pese a lo sagrada que es para mucha gente, tiene mucho de mitológica, aunque monoteísta, sobre todo el Antiguo Testamento. Durante mucho tiempo fueron el soporte de la fe de miles de personas. Cuando crecí, este detalle me hizo interesarme mucho más por ellas, porque aparecían muy pulidas y...

Arestes se detuvo en seco; creyó hablar demasiado y fuera de lugar. Aparentar erudición era desastroso. Además, no sabía nada de sus creencias religiosas. Pero ella no cambiaba su expresión de interés; más aún, parecía aumentar. Decidió pasarle el testigo en silencio, dejando que propusiera un tema. Bebió un sorbo del tubo.

-¿Y...? -requirió Helena, para sorpresa de él. Se llenó de júbilo. Decidió no ir por las ramas e ir al punto que le interesaba:

-Y... bueno, en fin, la mitología nórdica en particular era la que más me gustaba, seguida de la griega.

-¿Por qué?

-Eh... bueno, no por ti, ni por impresionarte, ni nada parecido... Te lo digo porque como eres del norte, igual piensas que me estoy quedando contigo... -El joven, en su fuero interno, se ufanaba. Cortó en seco y se dejó llevar por la esencia de sus sueños. Entornó los ojos-... sino porque a mí, los ambientes fríos siempre me han llamado la atención... Mares helados, bloques de hielo, bosques con nieve, cabañas recias, montañas abruptas, grandes fiordos, praderas verdes, cielos grises... De pequeño, uno de mis sueños es el de hacer un viaje turístico por Escandinavia. No sé porqué, pero cada vez que veo por la televisión reportajes o películas de esos lugares, me siento inspirado... Por cierto, el nombre de Helena, con hache, es el de un personaje clave en la mitología griega... ¿lo sabías?

Contestó con un ademán ambiguo. El otro se sintió incómodo. Había roto una regla de oro para entablar una conversación con desconocidos. Había llevado demasiado lejos su vanidad, el deseo de despertar la curiosidad de ella, estaba ocupando demasiada cancha; aún con todo, no tuvo más remedio que salir adelante:

-Helena era una de las mujeres más hermosas que existían en los antiguos tiempos griegos, esposa del rey de Esparta, y su corazón fue el premio de Afrodita, diosa griega del amor, para Paris, que la favoreció en una agria disputa con Hera y con Atenea, otras diosas griegas. -Notaba cómo se alargaba sin remedio y empezó a ponerse nervioso, pese a que el interés de ella no mermaba; quizás fuera sólo cortesía. -Ambos se fueron a Troya, la ciudad de la que Paris era príncipe, hijo del rey Príamo, y los griegos fueron a rescatarla, iniciando así el asedio de Troya...

Y tras una pausa repentina, decidió lanzar otro piropo:

-Te explico todo esto, para que comprendas porqué te digo que, en tu caso, tu nombre resulta muy apropiado para ti... y que tengas mucho cuidado, no se vaya a iniciar otra nueva Troya.

Arestes, con mirada intensa y respiración cortada, quedó expectante. Lanzó un grito íntimo de júbilo cuando ella bajó la cara, sonriendo con rubor. Para su sorpresa, ella contraatacó enseguida, sin perder la sonrisa:

-¿Y tú eres tan guerrero como dice tu apodo?

-Touché -brindó con una sonrisa. Se acomodó contra la pared y bebió un sorbo. -Bueno, ¿qué hace una chica como tú -señaló a los del billar - y unos hombres como ellos por aquí, tan al sur?

Helena ocultó la sonrisa todavía incontenible tras el borde del vaso.

-Oh, nada... Trabajo. Somos empleados de una pequeña empresa noruega de instalación de alta tensión. Estamos aquí a título provisional, aunque llevamos ya varios meses... -señaló a los hombres. -Ellos son los operarios, y yo soy la secretaria e intérprete.

-Ah... Qué casualidad, oye, yo también soy electricista... Bueno, todavía no, pero estoy estudiando para obtener el título y la licencia... -Bebió otro sorbo. -¿Así que operarios de alta tensión? Y ¿qué línea estáis tendiendo?

-No hacemos tendidos, sino mantenimiento. Nuestra empresa está especializada en trabajos de mantenimiento en líneas activas... Estos días estamos mirando varias subestaciones de transformación al sur de la ciudad.

-Suena interesante. La verdad es que yo... bueno, a mí me gustan mucho ese tipo de trabajos, donde viajas, trabajas a campo abierto, o bien en lugares donde nadie más puede entrar, operas con tecnología punta, y además bien pagado, y salvo excepciones, no es un trabajo fatigoso, aunque sí entraña riesgos... ¿Dices que estáis especializados en trabajar bajo tensión?

-Bueno... -Helena se encogió de hombros, con gesto de disculpa y señaló a los hombres, que acababan de meter la bola negra. -Todo eso, ellos. Yo me encargo del papeleo.

La partida de billar tocaba a su fin. Antes de que metieran otra moneda para reanudar el juego, Arestes se adelantó de repente, extendiendo los brazos:

-Escuchad, chicos, conozco un lugar cerca de aquí donde tienen más mesas de billar y no hay tanta gente... -empezó diciendo. Cayó en la cuenta de que no le entendían. Los cuatro le miraban como estatuas. Arestes dejó caer los brazos. Su sentido del ridículo hizo de las suyas. Helena acudió en su ayuda, dirigiéndose desde sus espaldas a los gigantes en su idioma. Ellos entendieron, hablaron un poco entre sí y dejaron los tacos encima del tapete verde.

Helena se acercó por detrás, terminando la cerveza.

-Vamos.

Arestes apuró la suya, y se encaminaron todos a la salida. En el camino intentó rematar la faena:

-Es un sitio mucho más tranquilo, hay menos gente, la música no está tan alta... Podremos jugar todos... Además hacen apuestas entre billaristas...



Así empezó todo. Algún tiempo más tarde, en recuerdo a aquel intenso encuentro, Arestes dejó fluir su arteria poética. Aficionado a las estrofas fáciles y sencillas, compuso el siguiente texto:



“Pues ¿qué mejor lugar donde la conocí?

Entrando nada más, pellejos, hierros y humos.

Un carnero sin carne en la pared de aquí;

allá, rejas negras de pesados retumbos;

por todo, litronas libres en manos de acero,

y veloces latidos deseando todo ello.



Bajo el único ojo del diablo y sus leones,

ella domina a todos con su frágil gesto,

uno tras otro, mirándonos sin emociones.

Ya mis latidos corren en sentido opuesto

cuando es mi turno, lejos de la oscura euforia.

Una mirada mutua…, y el resto es historia.”